El miércoles Santo nos recuerda el momento en el que Judas Iscariote se reúne con el Sanedrín para condenar a Jesús.
Es el ecuador de la Semana Santa. La interiorización de la vida de Jesús, a través de la oración y la Palabra de Dios, se entremezclan con la catequesis que podremos ver en nuestras calles, gracias a las impresionantes escenas de nuestros pasos de misterio, obras de bellísima hechura que nos ayudan, así, a adentrarnos en su historia de salvación.
Más allá de la magnífica orfebrería que deslumbra nuestros ojos, por encima de la iconografía cristiana, producto de reputados imagineros que nos han dejado joyas de incalculable valor, detrás de los respiraderos y canastillas , de los borlones dorados y los faldones de los más costosos terciopelos, de los hilos dorados sobre mantos con los que la Virgen cubre a todos sus hijos… Más allá de todo eso, hay una simbología y todo un catálogo de signos que debemos redescubrir para profundizar en lo verdaderamente importante.
Porque todo lo que nos deslumbra por su solemnidad y buen gusto, debe llevarnos al Señor, que es el centro de nuestros días y nuestras noches, de nuestra vida y de nuestra historia, y de nada habría servido que, pase por delante de nosotros a hombros de cargadores y costaleros, si no nos ha hablado directamente al corazón, interpelando nuestra conciencia y fortaleciendo nuestra fe y nuestra voluntad.
No puede pasar, sin más, por delante nuestro, porque esa será la señal de que no lo hemos mirado y hemos desviado la vista a lo superfluo y pasajero. Si lo miramos a Él, sabremos que todo pasa, pero el Señor siempre se queda.
Para nuestra oración, para nuestra interiorización, para que el Señor pase por delante de nosotros para quedarse, recurramos a la Virgen. Su Rocío, fuente del amor más puro, es infalible para el seguimiento a Cristo. Su Rocío, para los que nos encomendamos a Ella con fe, jamás nos suelta de la mano.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









