No hay un amor más grande que el de Dios. Porque su amor es sin límites y hasta el extremo. Y hoy, Viernes Santo, vivimos la demostración más desgarradora del amor que, por nosotros, hecho hombre, murió clavado en un madero para salvarnos y para seguir queriéndonos.
Como el de Él jamás habrá un amor igual, incondicional, único, sin reproches. Su amor es misericordioso y abundante en generosidad, indulgente y verdadero.
Realmente, la cruz es signo de salvación. Su cruz, fruto de ese amor, es redentora y quienes la abrazan con fe encuentran el consuelo y la paz para las almas.
No es una cruz vacía, es una cruz llena de solidaridad, compromiso, entrega, servicio, autenticidad, abierta a los cuatro puntos cardinales de la tierra, abrazando a todo el que encuentra en el camino y no dejando a nadie indiferente.
Quién sabe si todo lo que significa es lo que asusta a quienes le dan la espalda, a quienes no se atreven a mirar ese amor incomprensible y esperanzador, capaz de ablandar los corazones más duros, con la fuerza de sacudir de nosotros la maleza que sobra, la podredumbre de nuestro ser.
Y estamos acostumbrados a mirar ese amor en las manos de la Virgen del Rocío. En sus manos, vemos la ternura de Dios hecho niño, su sonrisa para que en Él descansemos penas y preocupaciones, su mirada para que la duda se disipe y se fortalezca la fe, la tiniebla se vaya y la luz nos deslumbre. Pero hoy ese niño, ese bendito niño de la Virgen del Rocío, nos recuerda que quiere crecer y quedarse en nuestras vidas, y que fue llevado a la cruz para limpiarnos de la desesperanza, fue clavado en ella para mitigar nuestros sufrimientos, y murió en ella para que nosotros tuviéramos, en Él, la verdadera vida.
Es Viernes Santo, y es imposible no hacer caso a su inagotable amor. Es imposible encontrar un amor como el suyo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









