DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | La fe es un misterio vivo que no entiende de líneas rectas ni de estados de ánimo permanentes. Hay días radiantes en los que nos sentimos fuertes, capaces de mover montañas, convencidos de que nuestra devoción es un faro invencible que todo lo ilumina. Nos brota la seguridad en cada gesto y miramos al cielo con una certeza absoluta. Pero también llegan esas jornadas grises en las que la confianza se desploma por completo, las dudas se instalan en el pensamiento y nos sentimos frágiles, con las fuerzas por los suelos y el alma desorientada.
Es la condición humana: un vaivén constante entre la fortaleza y la debilidad. Sin embargo, el secreto de este viaje espiritual no radica en ser perfectos ni en mantener siempre una espiritualidad inamovible, sino en comprender que cualquier estado es idóneo para buscar el amparo de la Virgen del Rocío.
Por eso, la única regla de oro que debemos grabarnos a fuego es muy sencilla: no pierdas el tiempo. Da exactamente igual en qué punto del camino te encuentres hoy. Si estás en la cumbre de tu alegría o en el abismo de tu desánimo, la orden es la misma: corre hacia Ella. No te detengas a juzgar si eres digno, no esperes a que pase la tormenta ni aguardes a recuperar la energía perdida. La Madre aguarda siempre con los brazos abiertos, dispuesta a potenciar tu entusiasmo o a restaurar tus pedazos rotos.
El Pastorcito Divino, nos enseña con su mirada que el amor verdadero no exige requisitos previos de entrada. Ir hacia Ellos es el único impulso que de verdad sana, el movimiento natural de un corazón que reconoce dónde está su verdadero hogar y su descanso.
Esta carrera hacia el altar no entiende de geografía ni de distancias kilométricas. Corre hacia Ella el que tiene la inmensa fortuna de cruzar las arenas de Almonte para plantarse físicamente a sus plantas en un santuario bendito. Pero corre con la mismísima intensidad y velocidad quien lo hace desde la intimidad de su habitación, acortando en un segundo los miles de kilómetros que separan su realidad de esa bendita mirada.
La verdadera cercanía se mide por la distancia que va de nuestro corazón al suyo, un espacio sagrado que se recorre en un abrir y cerrar de ojos a través de un pensamiento, un suspiro o una oración sincera. No dejes para mañana el abrazo que tu alma necesita recibir hoy; búscala ya, siéntete parte de su amor y permite que el Pastorcito Divino guíe cada uno de tus latidos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







