Ni en sueños deseo hacerte daño.
Cuando apareces en ellos me siento pequeñita, frágil como un bebé en los brazos de su madre.
Llegas siempre de puntillas, no haces ruido. Me besas, me miras y callas esperando que yo te hable. Con esos gestos Tú pareces habérmelo dicho todo, pero yo, ansiosa por repetirte las mismas cosas, freno mi palabra y entonces te miro, me callo y espero que me hables Tú.
Las dos tenemos un misterioso juego con nuestros pensamientos. Sin decirte nada, Tú aciertas lo que pienso, porque tu rostro esboza la sonrisa perfecta para que yo adivine que Tú me has entendido. Mejor que Tú no habrá nadie que me comprenda.
Y nos miramos, y soñamos juntas, y rememoramos encuentros pasados imaginándonos cómo serán los futuros y agradeciendo cada encuentro del aquí y ahora.
Las dos recordamos que del sueño a la realidad sólo nos separan días, pero de Ti a mí, y de mí a Ti nada nos separa.
Nos tenemos la una a la otra. Yo me pasaría horas en tu presencia, y por eso no quiero despertarme de éste sueño en el que Tú estás tan presente.
Gracias por hacerme soñar, pues por Ti, Madre, mis sueños tienen Vida.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









