Tenemos en la Virgen la fuente de la verdadera alegría. Incluso cuando rezamos el “Reina del cielo, alégrate”, en este tiempo gozoso de Pascua de Resurrección, la vemos con esa alegría interior de la que nadie debe desprenderse, aún en los momentos más difíciles, porque los que esperan en el Señor lo tienen todo para no dejarse abatir por la tristeza.
Se lo decimos a Ella en el rezo del Reina del cielo, que sustituye hasta Pentecostés el Ángelus: “Alégrate”, no porque Ella permaneciera ajena a la alegría de la esperanza, sino por todo lo contrario, porque fue Ella la que creyó hasta la médula que Jesús cumpliría sus promesas de volver, y lo esperó contra viento y marea, contra toda duda y contra toda incredulidad.
“Alégrate”, es el clamor del pueblo cristiano, pues en la Virgen aprendemos de esa alegría profunda y serena, la que está anclada en la paz y en la fe.
“Alégrate”, es el júbilo de la salvación. Porque todos hemos sido redimidos por aquel que vino a dar la vida por nosotros, y no la dio en vano, la ofreció por la remisión de nuestras culpas, la ofreció para sanarnos interiormente, para curarnos heridas del alma, para hacernos sentir libres, liberados, sin cadenas que nos hagan sentir presos de nosotros mismos o de otros, sino presos de Jesús, que es el buen Pastor que da la vida por sus ovejas.
“Alégrate”, es la invitación de los rocieros, marcados por ese don auténtico que es curativo y sanador. Porque si algo distingue a los rocieros, es su decisión de ponerse en camino, de cruzar arenas, vencer obstáculos, remolcar lo que está hundido para sacarlo a flote, ayudar a coger veredas a los que se sienten cansados, rezar al lado de otros, prestar un hombro en el que apoyarse, ser paño de lágrimas para quien no puede reprimir sus emociones, cantar con el que desentraña su quejío del alma en medio de la noche, abrazar al amigo y al forastero, compartir en la misma mesa el pan y el vino, sonreír aunque haya preocupaciones, tratar a los demás con el lazo fraternal de la fe y el amor en la misma Madre.
El Reina del cielo, “alégrate”, podría ser también una invitación de la Virgen a cualquiera de nosotros, y nosotros, como hijos obedientes, deberíamos hacer caso a esa palabra con la que todo se renueva, se reactiva y se vuelve a poner en funcionamiento la maquinaria de la paz del corazón, la buena, la que vale, la que lo puede todo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









