Hoy se abren las puertas de uno de los tiempos litúrgicos más fuertes e importantes para el cristiano: la cuaresma.
Con la imposición de la ceniza iniciamos un tiempo de interiorización, para sentirnos más cerca de Jesucristo, y para atravesar nuestro propio desierto, buscando momentos de soledad, abriéndonos a la gracia de la conversión.
La Cuaresma nos invita a profundizar en los ojos de la Santísima Virgen del Rocío, porque nadie hay mejor que la Virgen para que nos enseñe a mirar a Jesús con ojos nuevos, como Ella misma lo mira.
Es a la Virgen a la que hemos de recurrir, una y otra vez, en estos cuarenta días de encuentros intensos con Cristo en la oración.
No somos invitados solamente a reflexionar, sino a meditar y a contemplar los misterios en los que los cristianos tenemos nuestros cimientos. Es recorrer, uno a uno, los capítulos de la vida pública de Jesús, para entender mejor los misterios insondables de su pasión, muerte y resurrección. Es dejarnos abrazar por Jesús en el desierto, para que en medio de la aridez, de la tierra reseca y sin agua, encontremos el agua viva que quita la sed.
Hoy recibiremos la imposición de la ceniza, un gesto con el que se nos recuerda de dónde venimos y adónde regresamos. Antes, la fórmula empleada era la de “polvo eres y en polvo te convertirás”, pero desde hace años, cuando nos acercamos al altar, se nos dice: “conviértete, y cree en el Evangelio”.
En esta sociedad carente de valores, en la que te dicen que debes ser autosuficiente, en la que te bombardean con ataques a tu fe y a tu condición de cristiano, cuando hoy se nos diga esa frase: “conviértete, y cree en el Evangelio”, pidámosle a la Virgen del Rocío, que nos enseñe a fijar nuestros ojos en Cristo para que los rocieros traslademos el evangelio a nuestras vidas, para que seamos vivos reflejos de su amor en el mundo, para que él nos transforme y sea posible la conversión a la que estamos llamados.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









