jueves, febrero 19, 2026
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Un nuevo miércoles de ceniza igual y tan distinto

Cada vez estoy menos pendiente del tiempo que va a hacer o no durante la Semana Santa, dependiendo de si hoy, miércoles de ceniza, llueve o luce el sol, que no es más que una de tantas anécdotas de nuestras costumbres populares, pero de lo que sí estoy pendiente y no quiero que se me olvide, es de su significado y su importancia: Hoy comienza la cuaresma. Tiempo de oración, ayuno y abstinencia. Tiempo de reflexión y oportunidad grandísima para volver nuestros ojos al Señor.

Hace unos años, nada hacía presagiar lo que se nos echaba encima. Escuchábamos hablar de Wuhan y lo suponíamos en un lugar remoto de China que nos quedaba bien lejos. El comienzo de aquella cuaresma dio un giro de ciento ochenta grados y celebrábamos el miércoles de ceniza con la rigurosidad y la profundidad merecidas, pero con aforos limitados, rostros del que solo dejábamos asomar nuestros ojos por la obligatoriedad de las mascarillas, separación de dos metros de distancia con el hermano que tuviéramos más cerca en el templo…

No hace tanto de ello. Quién nos lo iba a decir, ¿verdad? Alguien tenía que recordarnos lo frágiles que somos y lo debilucho que es el hilo que nos une a la vida, a no ser que lo fortalezcamos con oración, fe y esperanza. A no ser que seamos conscientes hasta las entrañas de que el único dueño de todo lo creado es Dios y que aquí solo andamos de paso, hasta cuando Él disponga. Yo no he podido olvidar aquello, y me sacudió interiormente hasta el tuétano.

Y por eso el miércoles de ceniza es mucho más que mirar al cielo para ver si llueve o no. Porque el Señor dispone a su voluntad, que no siempre coincide con la nuestra. Responde a su modo, que no siempre tiene que ser el nuestro. Otorga y concede a su tiempo, que no es nuestro tiempo. Es el suyo. Y está más que demostrado que lo único que nos pide es que tengamos fe, que seamos agradecidos y que confiemos en Él ciegamente.

Hoy comenzamos la cuaresma, queridos lectores de periodicorociero.es, queridos telespectadores de La pará rociera. Comienza un camino de cuarenta días para que nos tomemos en serio acercarnos más a Dios, y de la mano de la Virgen del Rocío, atravesar las arenas de este desierto en el que hay que atreverse a estar a solas para contemplar al Señor.

Se lo pido a Ella, a la Virgen, a nuestra bendita Madre del Rocío, que aprovechemos la intensidad de un tiempo litúrgico importantísimo para los cristianos. Que dediquemos ratitos de cada día a la oración. Que abramos las puertas de nuestro corazón a una renovación plena y auténtica y tiremos las piedras que guardamos para aligerar el peso y para sustituirlas por amor, que tanta falta hace en nuestro mundo.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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