InicioEditorialEl latido de un pueblo que camina hacia la Madre

El latido de un pueblo que camina hacia la Madre

Existe un instante preciso, justo cuando la primavera empieza a entregarse al rigor del estío, en el que el aire de Andalucía, y de rincones insospechados de toda España, cambia de aroma. No es solo el azahar que se despide o el romero que se rinde al sol; es el olor a madera de carreta recién barnizada, a plata bruñida con desvelo y a la impaciencia de los corazones que, un año más, han empezado a contar los latidos en lugar de los días.

La cuenta atrás ha terminado. De las torres de las iglesias sevillanas a los pies de la Giralda, desde las marismas de Huelva hasta los cerros de Jaén y Córdoba; desde la luz de Cádiz a la sobriedad de Castilla y el fervor que viaja desde Madrid, Barcelona o las tierras del norte. España entera empieza a ponerse el traje de camino. Porque el Rocío no es solo un destino, es un estado del alma que se despliega sobre el mapa cuando la primera hermandad pone su Simpecado en la calle.

Preparar la romería es, en sí mismo, un acto de fe. Es el rito de las manos que colocan las flores con mimo en el cajón, el ajuste de los frontiles de los bueyes y el reencuentro con los aperos que guardan el polvo de años anteriores. Pero, sobre todo, es la preparación del espíritu. Las hermandades no solo movilizan caballos y carretas; movilizan promesas silenciosas, agradecimientos por la salud recuperada y peticiones que se guardan en el bolsillo de la medalla, justo al lado del pecho.

El camino es el lugar donde el tiempo se detiene y las jerarquías se disuelven. Bajo la sombra de un pino en el Coto de Doñana o en el sesteo de una vereda cualquiera, todos los romeros son iguales ante la inmensidad de la naturaleza y la profundidad de su devoción. Es la fraternidad en su expresión más pura: el trozo de pan compartido, el aliento en la cuesta difícil y el canto que brota cuando las fuerzas flaquean. Es ese «hacer hermandad» que convierte a extraños en familia de polvo y sendero.

Y al final de todo, como el faro que guía a los navegantes de tierra adentro, está Ella. La Blanca Paloma. La Patrona de Almonte aguarda en su santuario, rodeada de ese silencio expectante que precede al estallido del Lunes de Pentecostés. Llegar ante sus plantas no es solo alcanzar una meta geográfica; es el regreso al hogar espiritual. Es cruzar la mirada con la Virgen y sentir que todo el esfuerzo, que cada gota de sudor y cada ampolla en el camino, han valido la pena solo por ese segundo de paz infinita.

Andalucía se desborda y España se rinde a una tradición que no entiende de modas, porque nace de la raíz misma de la tierra. Las carretas ya están listas, los bueyes uncidos y el corazón ensanchado. Que suenen las flautas y los tamboriles, que se levante el polvo bendito de los caminos, porque un año más, con la fe por bandera, el mundo se encamina a buscar la mirada de la Reina de las Marismas.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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