PERIÓDICO ROCIERO | A veces nos obsesionamos con el patrimonio material de nuestras hermandades: el peso de la plata, el bordado del oro o la talla del nuevo respiradero. Pero el verdadero tesoro del Rocío no se guarda en vitrinas ni tiene seguro de caución. El patrimonio más valioso de nuestra devoción es ese gesto invisible y eterno de un padre que, en mitad de la raya, aprieta la mano de su hijo y le señala con el dedo hacia el Simpecado. Es en ese apretón, firme y silencioso, donde se transmite una herencia que no entiende de testamentos ni de leyes, sino de puro sentimiento.
Esa mano cansada, que ha empujado carretas y ha levantado polvo durante décadas, se convierte de pronto en el puente sagrado por el que cruza la fe. No se trata solo de enseñar un itinerario o explicar quién es la Señora; se trata de transmitir el respeto por el hermano, el valor del sacrificio y la alegría de saberse parte de algo mucho más grande que uno mismo. Es una enseñanza que no se imparte en los libros, sino en las noches de camino bajo las estrellas y en el silencio compartido cuando la gaita y el tamboril callan para dejar paso a la oración del corazón.
Ser rociero es ser el eslabón de una cadena que empezó mucho antes de nosotros y que estamos obligados a mantener unida. Es entender que nuestra misión no es solo caminar, sino enseñar a caminar. Ver a los niños en las arenas, con sus medallas golpeando el pecho y sus ojos llenos de asombro ante la Blanca Paloma, es la garantía de que nada de esto ha sido en vano. Estamos entregando un testigo que huele a romero y sabe a esfuerzo, una forma de entender la vida donde la cercanía del prójimo y el amparo de la Virgen son las únicas brújulas necesarias para no perder el rumbo en un mundo cada vez más confuso.
A menudo, en la vorágine de los preparativos, olvidamos que ellos, los más pequeños, nos están observando constantemente. Aprenden de nuestra devoción, pero también de nuestra coherencia y de nuestra entrega. Por eso, en este Periódico Rociero, siempre guardamos un lugar de honor para la cantera. Porque cada vez que un joven se ajusta los botos por primera vez o una niña aprende a rezar la Salve de la mano de su abuela, el Rocío vuelve a nacer con la misma pureza que el primer día.
No permitamos que el ruido del mundo nos haga olvidar que lo más importante que llevamos en la carreta es el futuro de nuestra fe. Sigamos cuidando esa herencia de las manos, protegiéndola del olvido y del desapego, porque mientras haya un niño queriendo tocar la medalla de su padre para sentirse protegido, habrá Rocío para la eternidad. Al final del día, cuando las luces de la aldea se apaguen, lo único que realmente quedará será ese hilo invisible que une a las generaciones en un mismo «Viva» y en una misma mirada hacia Ella.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







