DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | A veces nos levantamos sintiendo los clavos de la madurez en las costillas y una extraña necesidad de pedir perdón por cosas que ni siquiera sabe si ha cometido. Escribo hoy desde ese rincón del corazón donde no entra el orgullo, ahí donde somos vulnerables, de carne y hueso, imperfectos y reales.
La fe se sostiene con los nudillos gastados de tanto apretar las manos en los momentos de naufragio doméstico, cuando la cocina está fría y las cuentas no salen. Es ahí, en la verdad cruda de nuestros hogares, donde la doctrina cristiana deja de ser una teoría dominical para transformarse en el pan duro que compartimos con el que lo pasa mal.
Observo las fachadas de nuestra ciudad y me estremezco al pensar en cuántas vidas se están desangrando por dentro a base de indiferencia. Nos hemos acostumbrado a esquivar las miradas incómodas, a tapar los errores ajenos con juicios severos y a encerrar la compasión evangélica en un cajón con llave. Qué equivocados estamos al buscar la salvación en el éxito o en la aprobación de los demás.
La herencia que nos dejó el Hijo del carpintero es precisamente la de abajarse, la de mancharse las manos recogiendo los pedazos rotos de aquellos a quienes la sociedad ya ha dado por perdidos. Esa es la única verdad que cura, la que duele al principio porque nos arranca la hipocresía, pero que después nos devuelve la dignidad.
Frente a esa intemperie del alma, hay un ancla fija que no cede ante ninguna marea. La Virgen del Rocío permanece firme, como la madre que espera en el dintel de la puerta sin importarle cuán tarde o cuán rotos regresemos a casa. Ella no juzga el barro que traemos en los zapatos ni los fracasos que arrastramos; simplemente ofrece el amparo de su presencia.
Su figura es un recordatorio constante de que la ternura es la fuerza más subversiva del mundo. Cuando la miramos, todo el andamiaje de nuestras falsas certezas se cae por su propio peso, dejándonos desnudos ante una devoción que no entiende de postureos, sino de abrazos apretados y promesas cumplidas en la intimidad del silencio.
Termino estas líneas conmovida, contemplándola a Ella sosteniendo al Pastorcito Divino, ese pequeño que resume toda nuestra esperanza futura. Nos hace falta recuperar esa inocencia, esa capacidad de conmovernos ante la fragilidad ajena y de ofrecer consuelo sin esperar nada a cambio.
Que esta editorial sea hoy una sacudida para el letargo de nuestros corazones, una invitación directa a deponer las armas del egoísmo y a aprender, de una vez por todas, a mirar a los ojos del hermano con la única intención de aliviarle la carga.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







