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Deudas de oro fino

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Doblar las rodillas cuando el alma no puede contener el peso del agradecimiento es el acto más noble que nos queda en este suelo, una rendición gozosa que nada tiene que ver con la derrota.

Muchas veces acudimos a la oración cargados de exigencias, con una lista de quejas interminable, olvidando que la verdadera madurez espiritual despierta cuando empezamos a dar las gracias por lo que ya se nos ha concedido.

La caridad evangélica nos enseña que el favor recibido no es un mérito propio, sino un regalo inmerecido de la providencia, un préstamo de amor que nos obliga a vaciarnos los bolsillos para conmovernos ante la necesidad de quienes caminan a nuestro lado a tientas.

Pensar en todo lo que se nos ha perdonado y en las veces que salimos ilesos de nuestras propias tormentas interiores debería arrancarnos cualquier vestigio de soberbia.

Qué ciegos somos cuando atribuimos la paz del hogar o el pan de cada día a nuestro propio esfuerzo, ignorando las manos invisibles que sostienen los pilares de nuestra existencia. El milagro de la fe nos exige una memoria agradecida, de esas que no olvidan el rostro de quien nos tendió la mano en la penumbra ni el alivio que sentimos cuando un dolor antiguo se transformó en una lección de vida.

Ser verdaderamente cristianos implica reconocer que estamos hechos de las atenciones y cuidados que otros vertieron en nuestras heridas sin pedir nada a cambio.

Toda esa marea de gratitud que a veces nos ahoga la voz encuentra un puerto definitivo y sereno donde desbordarse por entero. La Virgen del Rocío recoge cada uno de nuestros suspiros de alivio, transformando la humilde ofrenda de nuestro reconocimiento en un canto de alabanza perpetuo. Ella atesora en su regazo las promesas cumplidas, las lágrimas de alegría que brotan cuando un hijo sana o cuando la salud regresa a una casa que parecía condenada al llanto.

En sus ojos, que son el espejo más fiel de la misericordia divina, no hay reproches por nuestra tardanza en dar las gracias; solo hay un abrazo inmenso que nos recuerda que el amor de una Madre es un caudal que jamás se agota, por muy despegados que seamos sus hijos.

Miro fijamente la redacción, conmovida por los testimonios de tantas personas que esta semana me han abierto el corazón para contarme sus pequeños y grandes milagros cotidianos, y no puedo más que rendirme a la evidencia del cielo.

Contemplarla a Ella, con el Pastorcito Divino en sus benditas manos, nos devuelve la seguridad de que el mayor favor recibido es tener un amparo celestial al que acudir.

Salgamos hoy a la vida con la firme resolución de pagar nuestra deuda de felicidad compartiendo misericordia, consolando al afligido y devolviendo al mundo, con creces, el inmenso cariño que se nos ha regalado desde arriba de manera gratuita.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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