DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Celebrar la vida con una sonrisa sincera es el acto de fe más rotundo que un cristiano puede regalarle al mundo, una alabanza contagiosa que disipa cualquier sombra.
A menudo nos empeñamos en buscar la trascendencia en la solemnidad o en el lamento, olvidando que el Evangelio es, por encima de todo, una buena noticia destinada a inundarnos el espíritu de un gozo desbordante.
El buen humor, la mesa compartida donde abunda la risa y esa capacidad tan nuestra de celebrar los pequeños milagros cotidianos son también formas hermosas de dar gracias al Creador. La caridad evangélica no es seria ni distante; tiene el rostro luminoso de quien se sabe inmensamente amado por Dios y no puede evitar contagiar esa felicidad a cada persona que sale a su encuentro.
Qué maravilla es contemplar la frescura de una fe viva, de esa que se contagia con el entusiasmo de los jóvenes y la sabiduría alegre de los mayores. Deberíamos despojarnos de la mala costumbre de vivir preocupados por el mañana, rescatando esa confianza transparente que nos permite disfrutar del sol de la tarde, de una conversación sincera y de la paz que inunda un hogar donde reina la concordia.
El amor cristiano es una fiesta constante del espíritu, una invitación permanente a derribar los muros del desánimo para sembrar optimismo y esperanza en cada rincón de nuestra existencia. Estar alegres no significa ignorar las dificultades, sino tener la certeza absoluta de que el bien siempre tiene la última palabra.
Ese torrente de vitalidad y agradecimiento que nos llena el alma encuentra su reflejo más puro al levantar la mirada. La Virgen del Rocío es la causa de nuestra alegría, el motivo por el cual el corazón se nos acelera de puro entusiasmo y las palmas de las manos se cansan de aclamarla. Ella no nos quiere tristes ni compungidos; nos quiere vitales, unidos, celebrando la dicha de sabernos sus hijos preferidos.
Su presencia transmite una luz que ahuyenta los temores y nos invita a vivir la devoción con el entusiasmo desbordante de los que se saben protegidos por la mejor de las madres, un amparo celestial que transforma cualquier jornada gris en un día de fiesta mayor.
Termino de redactar estas líneas con el ánimo renovado y una inmensa gratitud por el regalo de la existencia. Contemplarla a Ella, mostrando dichosa al Pastorcito Divino en sus brazos, nos recuerda que el plan de Dios para nosotros es la felicidad plena y sin condiciones.
Seamos portadores de esa luz, regalando simpatía de manera generosa, aliviando tensiones con una palabra amable y demostrando con nuestro propio testimonio que vivir bajo su amparo es el camino más directo hacia una alegría genuina que nada ni nadie nos podrá arrebatar.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







