viernes, febrero 20, 2026
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Aumentan por segundos las ganas de verte

Aumentan por segundos las ganas de verte, Madre mía del Rocío. Es una necesidad el deseo de estar contigo sin prisas, sentarme en algún banco de la ermita, hablarte de mis cosas, guardar silencio y entendernos sin palabras.

Aumenta por segundos mi sed de ti, de recrearme en tu imagen perfecta, provocadora de tanta paz, y mirarte, y darte gracias y sentir que te acompaño con mi presencia, porque la tuya es permanente en mi vida.

En el alma llevo un cofre de recuerdos de los que voy tirando cada día y en todos está la huella de tu amor, de tu intercesión, de la protección con la que me has bendecido desde que, por primera vez, vi la luz del mundo. Y no hay palabras con las que pueda agradecerte tanto, como tampoco las hay para poderte agradecer lo suficiente la paciencia que tienes conmigo.

Nadie como tú ha soportado la aridez de mi corazón, las dudas con las que, a veces, he acudido a ti, mis propósitos pospuestos una y otra vez, mis cansancios, mis desánimos…

Tú, como Madre paciente, no haces reproche alguno, mantienes tus ojos fijos en los míos, abres los brazos para recibirme y me estrechas sobre tu corazón que está desbordado de Dios. Sabes de mi flaqueza y mis debilidades y, tus ruegos, que no cesan jamás, me ayudan a quitar las espinas con las que puedo herir a los demás, a desprenderme de aquello que no es necesario y que yo pensaba imprescindible. Me escuchas y me rescatas de mis abismos.

Y no es necesario estar físicamente ante tu imagen, porque te llevo tan dentro de mí, que he aprendido a verte en los minúsculos y los grandes acontecimientos de mi día a día. Pero sin ser necesario, y aún sabiendo que siempre estás conmigo, aumentan por segundos las ganas de verte, de decirte, frente a tu altar, que ya queda poco para Semana Santa, que estamos recorriendo contigo una cuaresma muy empinada, que pronto será Domingo de Ramos y que, después del dolor resucitaremos con el Señor y volveremos a poner en marcha la cuenta atrás para el Rocío, tu Rocío, el que volveremos a vivir, si Dios lo quiere, cuando Pentecostés llame a nuestras puertas y no podamos resistir abrirlas de par en par, para que el soplo del Espíritu Santo llene nuestras vidas de la verdadera Vida y renueve nuestros corazones y nos revista de fortaleza y dignidad y nos envuelva de una coraza de bendiciones de la que no querremos desprendernos nunca.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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