InicioARTÍCULOSEl Fruto de la Viña marismeña

El Fruto de la Viña marismeña

El evangelio que la Iglesia proclama este domingo, en el que Jesús relata la parábola de los labradores homicidas, se convierte en un espejo urgente para nuestra sociedad y, de manera muy especial, para el corazón de la Andalucía mariana.

Narra San Mateo la historia de un propietario que planta una viña con infinito esmero, la protege, construye en ella una torre y un lagar, y la arrienda a unos labradores antes de partir. Sin embargo, al llegar el tiempo de la recolección, la codicia ciega a los viñadores, quienes apalean a los criados y terminan asesinando al propio hijo del dueño con la absurda ilusión de quedarse con la propiedad. La sentencia de Cristo al concluir el relato resuena hoy con la fuerza de un titular inapelable: el Reino de Dios les será quitado para dárselo a un pueblo que sí produzca frutos a su tiempo.

Esta exigente página evangélica adquiere una luz bellísima si se contempla a través del prisma de la devoción a la Santísima Virgen del Rocío. Esa viña cercada y bendecida por el Padre es el reflejo vivo de la inmensa llanura espiritual que inunda las marismas, los caminos de Doñana y la aldea almonteña.

Dios ha depositado en las hermandades, en el rezo del rosario entre los pinos y en la convivencia de los peregrinos un tesoro de fe incalculable. Sin embargo, la advertencia de Jesús nos alerta contra el sutil peligro de la apropiación. Caemos en el error de los labradores infieles cuando despojamos al Rocío de su sentido trascendente para convertirlo en una propiedad exclusiva de folclore, vanidad o mera fiesta humana, olvidando que el verdadero Dueño de la viña es Dios y que la Blanca Paloma está allí para llevarnos a Él, no para que nos adueñemos de su herencia.

Frente a la soberbia y la violencia de aquellos viñadores que arrojaron al hijo fuera de las tierras, la liturgia nos invita a mirar la fisonomía de la Virgen María, la perfecta contraposicion del relato. Ella es la tierra humilde y fecunda que no dio uvas agrias, sino el racimo más puro de nuestra historia: el Pastorcito Divino. En el seno de la Reina de las Marismas, el Hijo de Dios encontró el lagar del amor y de la obediencia absoluta. María enseña al rociero el verdadero oficio del labrador cristiano, que consiste en cuidar con fidelidad el cultivo de la fe para entregárselo, maduro y reluciente, a su Salvador. Ser devoto del Rocío, a la luz de este domingo, exige por tanto la responsabilidad de ser administradores y no dueños de la gracia recibida.

Por eso, al abrir hoy las páginas de este periódico, el eco del evangelio se transforma en un examen de conciencia colectivo. El Señor de la viña sigue esperando los frutos de nuestra tierra, que en el alma rociera se traducen en una caridad efectiva que no excluye a nadie, en caminos que son escuelas de hermandad y en una oración humilde que brota del corazón. Que al mirar hoy el Simpecado o al recordar la fisonomía celestial de la Virgen, renovemos el compromiso de trabajar con alegría en los campos del Señor. Solo así, transformando la devoción en frutos ciertos de justicia y amor al prójimo, el pueblo rociero responderá a la llamada de Jesús, presentándose ante el mundo como esa comunidad fiel que sabe entregar, a su debido tiempo, la cosecha del Reino de Dios.

Periódico rociero / Sacerdote J. Ruiz J.S / Salamanca

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