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El retablo que se rinde ante la Madre

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Al detenernos ante el imponente retablo que enmarca a nuestra Madre, los ojos se pierden inicialmente en un laberinto de tallas perfectas, relieves minuciosos y un pan de oro que brilla con la majestuosidad de las grandes obras de arte sacra.

Es una obra imponente, un esfuerzo humano colectivo nacido de la gratitud y del deseo de ofrecerle a la Reina el mejor de los tronos posibles. Sin embargo, basta sostener la mirada unos segundos más para que todo ese derroche de destellos y filigranas pase a un discreto segundo plano.

El brillo del metal más puro palidece por completo cuando colisiona con la luz verdadera, esa que emana de su rostro sereno y del Pastorcito Divino que sostiene en sus brazos.

Ningún cincel ni ninguna gubia humana, por muy experta que sea, podrá jamás competir con la belleza celestial de una Madre que eclipsa con su sola presencia cualquier suntuosidad terrenal.

Ese contraste nos deja una lección profundamente cristiana y solidaria que debemos aplicar en nuestro día a día como comunidad. El retablo es hermoso porque fue concebido como una ofrenda de amor, pero pierde su sentido si nos quedamos solo en la superficie de la madera dorada.

La Virgen del Rocío nos enseña que el verdadero valor no está en el envoltorio, sino en la pureza del corazón que se postra ante Ella. Ella prefiere el brillo de una buena acción, el reflejo de una mano tendida al enfermo y el valor de la ayuda silenciosa al necesitado, antes que la mejor de las riquezas materiales. Nuestra fe se vuelve verdaderamente valiosa cuando transformamos esa admiración estética en caridad viva, convirtiendo nuestras vidas en un reflejo de su generosidad en medio de un mundo sediento de compasión.

Contemplar al Pastorcito Divino en el centro de ese universo de detalles nos invita a volver a la esencia de la sencillez. En mitad de tanta grandeza arquitectónica, el Niño se nos presenta frágil, tierno y cercano, recordándonos que los valores más sagrados de nuestra fe no se miden por el lujo, sino por la capacidad de amar sin condiciones. Él es la brújula que debe guiar a nuestras familias, invitándonos a despojarnos de las vanidades cotidianas para abrazar la humildad y la unión en el hogar.

Que cada mirada que lancemos a ese majestuoso altar sea un compromiso para limpiar nuestra propia alma de ruidos innecesarios, buscando siempre esa luz divina y perpetua que ninguna riqueza humana podrá jamás apagar.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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