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La mesa vacía

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Mirar de frente esa silla donde ya nadie se sienta es, quizás, el aprendizaje más duro que nos impone el paso del tiempo. Las ausencias duelen con un eco punzante que se instala en el comedor, justo en esos momentos cotidianos en los que casi podemos escuchar la risa de quienes nos enseñaron a rezar y hoy ya no están.

Perder a los pilares de nuestra vida nos deja con una extraña sensación de desamparo, como si el viento soplara más fuerte dentro de casa. Sin embargo, la promesa evangélica nos recuerda que el amor no se destruye con la muerte, sino que se transforma en un lazo invisible que nos une con el cielo y nos obliga a mantener encendida la llama de la esperanza para no sucumbir a la tristeza.

Es precisamente en el invierno del alma donde la herencia de nuestros mayores cobra su verdadero sentido. Ellos no nos dejaron riquezas materiales, sino algo mucho más valioso: la costumbre de buscar amparo en las oraciones sencillas, esas que se aprenden de niño y que sostienen las horas más amargas de la madurez. Ser cristiano significa entender que cada lágrima vertida por los que partieron es un tributo a lo mucho que nos amaron, una semilla de fe que debe dar frutos de caridad en nuestro día a día. El dolor de la pérdida no se cura olvidando, sino honrando su memoria a través del perdón, de la generosidad con los que sufren y de la valentía para seguir adelante a pesar de tener el alma agrietada.

Cuando el peso de los recuerdos se vuelve demasiado denso, existe un rincón sagrado en el corazón donde los ausentes y los presentes nos volvemos a encontrar.

La Virgen del Rocío disuelve la distancia física con la calidez de su mirada protectora, actuando como el puente perfecto entre la tierra y la gloria. Ella, que padeció el mayor de los dolores al pie de la cruz, comprende el desgarro de la separación y recoge con infinito respeto la nostalgia que arrastramos.

En su regazo maternal no hay espacio para la desesperación; solo hay un bálsamo de paz que nos asegura que aquellos que amamos en Dios jamás se pierden del todo, porque habitan para siempre en su misma ternura.

Cierro los ojos, reviviendo los abrazos de los que se fueron, y me descubro sonriendo en mitad de la melancolía. Contemplarla a Ella, ofreciéndonos al Pastorcito Divino como la victoria definitiva sobre la muerte, disipa cualquier sombra de duda o desolación.

La vida continúa y nuestro deber es caminar con el corazón agradecido por el tiempo compartido, sabiendo que cada día transcurrido es un paso menos para el reencuentro definitivo. Nos queda la tarea de vivir con limpieza, de amar sin reservas y de refugiarnos bajo su manto divino cada vez que la nostalgia amenace con nublarnos el horizonte.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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