DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | A veces nos volvemos sumamente estéticos para hablar de lo sagrado. Nos inventamos metáforas perfectas, adjetivos grandilocuentes y discursos impecables para justificar una devoción que, en realidad, se entiende mucho mejor cuando se tiene el estómago encogido.
La fe de verdad no se ensaya frente al espejo. La fe de verdad huele a hospital, a cuentas de la luz que no se pueden pagar, a la angustia sorda de ver envejecer a tus padres o al miedo terrible de no saber qué será de tus hijos mañana.
En medio de todo eso es donde se juega la vida. Y ahí, precisamente en ese desamparo donde no queda ningún orgullo en pie, es donde Ella nos espera con los brazos abiertos. Sin exigirnos que seamos perfectos, sin pedirnos cuentas de nuestros fracasos, simplemente estando. Como esa madre que no necesita que le hables para saber exactamente en qué rincón del alma te duele la existencia.
Nos empeñamos en buscar los milagros en las cosas extraordinarias, en los días señalados o en las grandes concentraciones de gente, cuando el milagro más grande ocurre cada mañana cuando nos levantamos a pelear el pan a pesar del cansancio.
Ser cristiano no es una medalla que se exhibe, es la terquedad absoluta de seguir creyendo en la bondad humana cuando el mundo te da razones de sobra para desconfiar. Es mirar a los ojos al que tienes al lado —con sus defectos, con sus manías, con sus caídas— y ser capaz de ver en él un trozo de ese amor que nos sostiene a todos.
Hoy no hace falta que busquemos grandes frases ni promesas solemnes. Basta con mirarla de frente a Ella, a nuestra Madre del Rocío, con los bolsillos vacíos de méritos pero el corazón lleno de verdad, y dejar que ese lazo invisible que nos une a su bendito Hijo nos recuerde quiénes somos y nos haga memorizar que bajo ninguna circunstancia, estamos huérfanos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







