DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay mañanas en las que entramos en el templo simplemente buscando un respiro, un rincón de calma donde poner en orden los pensamientos. Y de repente, al levantar la vista, ocurre. La mirada se cruza con la suya y todo el ruido que traemos de la calle se apaga por completo. No hay música, no hay multitudes, no hay adornos; solo una conversación en silencio entre una Madre y su hijo. Es un momento asombrosamente hermoso, donde no hace falta explicar nada porque Ella ya lo sabe todo.
Mirarla de cerca nos devuelve la sencillez que a veces perdemos por el camino. En la dulzura de su rostro encontramos una certeza maravillosa: la de que somos aceptados tal y como somos, con nuestras alegrías cotidianas y nuestros pequeños aciertos.
La Virgen del Rocío nos regala, por encima de todo, una paz generosa que reconforta. Su presencia no nos habla de miedos, sino de la confianza ciega de un niño que se sabe seguro en unos brazos que lo cuidan. Es el Evangelio explicado sin palabras, a través de la ternura de unos ojos que nos invitan a mirar el futuro con optimismo y a tratar a los demás con un poquito más de cariño cada día.
Por eso, cuando nos alejamos de su altar, no nos llevamos una sensación de peso, sino todo lo contrario. Salimos a la calle con el alma ligera, con una sonrisa nueva y con las ganas renovadas de hacer las cosas bien.
Contemplarla es, en el fondo, recordar la suerte tan grande que tenemos de compartir esta fe viva que nos une y nos hace sentir parte de una misma familia. Nos marchamos con la tranquilidad de saber que, en cualquier momento del día, su recuerdo se queda con nosotros como una luz suave que nos acompaña en cada paso.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociro.es







