Mis queridas Majestades, Melchor, Gaspar y Baltasar:
Con la esperanza de que os llegue mi carta, que mandaré certificada, urgente y con acuse de recibo, me dispongo a abrir mi corazón, una vez más, para que vuelva a brillar de ese cajoncito del alma, la joya de mi niñez.
He de confesaros que este año no tenía intención de escribiros. Hay tantas cosas que aún no me habéis dado de lo que os pedí en la anterior, que lo primero que he pensado es que tenéis trabajo pendiente conmigo y que no tengo intención de pedir nada más hasta conseguir aquello que anhelo con toda mi alma.
Pero fue un pensamiento fugaz. Se fue tan pronto como vino y, tal como veo que se acerca el día de vuestra visita, no me resisto a haceros llegar esta misiva como sea.
Y es que hay cosas que por más que os pida nunca serán suficientes, por ejemplo, el amor que nos enseña el Pastorcito Divino, el que te hace pensar más en los otros que en ti mismo o, mejor todavía, el que te enseña a quererte a ti mismo para que, tal como te quieres a ti, quieras a tu prójimo, y de ese me falta un rato, porque es el examen de la vida al que menos horas de estudio y de práctica le dedico. Sé que es la raíz de todo lo demás y que del amor se derivan todos los bienes y si insisto una y otra vez en solicitaros otros bienes que añoro, será porque no amo bastante. Por eso os suplico que en mi vida, en mi mente, en mi corazón, en mi familia, en mi casa, en mi trabajo y entre mis compañeros; en mis hermandades y en mi reunión de amigos, el amor sea tan abundante que podamos decir tan convencidos como San Pablo que no pasa nunca.
Lo segundo y lo tercero que os pido es salud y trabajo, y estas dos cosas, por favor, traedlas a manos llenas porque ambas hacen muchísima falta.
La salud, si os pesa bastante en los sacos porque traéis demasiada, no os preocupéis y repartidla como si fueran caramelos que nos endulzan las calles durante la cabalgata o la mañana que esperamos para conocer vuestros regalos.
El trabajo que sea próspero y exitoso para los que lo tenemos y que cruce los umbrales de las puertas de las casas en las que lo están suplicando.
Con estas tres cositas y, por este orden, se apaña el resto. Si falta ayuda, no hay problema; si vuestras capas no pueden con todo, el manto de la Virgen del Rocío es extenso y poderoso para que nadie se quede sin estos presentes.
Con vosotros llega la alegría. Os ruego que no os la llevéis de regreso, dejadla también por aquí y, en su lugar, llevaros las guerras, la violencia, la enfermedad y la crisis. Tiradla por algún barranco y que no regrese para que la alegría siga reinando, la esperanza se fortalezca y la fe sea tan robusta que nos haga ver milagros.
Hay otras cosas que quiero, pero esta vez le he pedido a la Virgen del Rocío que os las pida Ella por mí, a ver si así me dais la sorpresa y por fin me las traéis.
Os tengo en el recuerdo constantemente. Os quiero con la ternura que queda de niña en mi corazón y os aguardo con ilusión perenne.
Siempre vuestra, como vosotros siempre seréis míos,
Francisca Durán… Paqui.
Pdta.- No me he olvidado de usted, Baltasar. Usted siempre llevará el abrazo más fuerte.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









