La primavera nos sigue sorprendiendo con su puesta de largo, que llamó a nuestras puertas y ventanas para entrar con sus colores y arrasar con su agradable aroma.
Los jazmines han vuelto a florecer, las damas de noche asoman tal como llega el ocaso, y el azahar parece un manto de copos de nieve en medio de las hojas de los naranjos. Todo huele a primavera, el campo y la ciudad, y no solo los Templos, también los hogares desprenden el olor a incienso, tan característico de este tiempo de cuaresma en el que andamos inmersos.
Estamos respirando la primavera, contando días para la Semana Santa, restando de nuestro almanaque lo que queda por delante para un nuevo lunes del Rocío.
Hay todo un mar de colores ante nuestra vista, los tonos verdes de los campos parecen lienzos que sobrevuelan abejas y mariposas buscando el néctar de las flores abiertas a la vida, un lienzo por el que podemos pasear para llenar de aire nuevo los pulmones.
La primavera no pide permiso para llegar, simplemente llega, porque se toma su tiempo para transformarlo todo en una belleza sin par.
Un rociero se pasa el año entero respirando la primavera, porque el gran amor que anida en su corazón espera que se ponga en camino, cuando mayo le abre los dinteles a una nueva romería.
Y es inevitable sentir el cosquilleo de esta estación del año que nos lleva al encuentro de la que es la “Causa de nuestra alegría”.
Doy gracias a Dios porque me ha permitido, otra vez, recibir la primavera y respirarla y dejarme seducir por sus aromas, que huelen a Semana Santa, huelen a Pascua de Resurrección y huelen a Rocío, el lugar en el que los rocieros celebramos con alma, vida y corazón, el bendito y ansiado Pentecostés.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









