InicioEditorialCuando el alma se adelanta al camino: ya huele a Rocío

Cuando el alma se adelanta al camino: ya huele a Rocío

Hay algo en el aire que no se puede explicar con palabras exactas, pero que todo rociero reconoce sin necesidad de nombrarlo. Es una mezcla de impaciencia, de ilusión contenida, de recuerdos que regresan y de promesas que vuelven a latir. Aún faltan días, (cada vez menos) pero el corazón ya ha emprendido el camino. Porque cuando se acerca la romería del Rocío, no solo se prepara una peregrinación: se despierta una forma de sentir.

Los nervios empiezan a asomarse de forma silenciosa. Primero son detalles pequeños: una sevillana que suena y emociona más de la cuenta, el sonido de un tamboril que parece escucharse aunque no esté, una conversación que inevitablemente acaba hablando de Ella. Después, casi sin darse uno cuenta, esos nervios se convierten en un estado permanente. Todo gira en torno a ese reencuentro esperado, a ese instante en el que, entre la multitud, el alma se queda sola frente a la Virgen del Rocío.

Porque no se trata solo de llegar. Se trata de volver. Volver a sentir ese escalofrío al cruzar las arenas, volver a mirar su rostro y encontrar en Él respuestas que durante el año parecían difusas. Volver a pedir, a agradecer, a callar incluso, porque hay emociones que no necesitan palabras cuando se está frente a Ella.

El deseo de participar en cada culto, en cada acto, en cada gesto que la honra, crece con una intensidad difícil de describir. No es una obligación ni una costumbre: es una necesidad. Estar en la misa, acompañar en el rezo, formar parte del camino, cantar, rezar, emocionarse… Todo adquiere un sentido especial cuando se hace por y para Ella. Cada instante se convierte en un pequeño acto de fe, en una forma de decir “aquí estoy”, un año más.

Y es que el Rocío no se vive únicamente durante los días de romería. El Rocío comienza mucho antes, en el corazón de quienes lo esperan. En esas noches en las que uno se sorprende pensando en el camino, en esos preparativos que no son solo logísticos, sino también espirituales. Porque hay algo que se va ordenando por dentro, algo que se va colocando en su sitio conforme se acerca el momento de volver a verla.

Los rocieros saben bien que no hay dos encuentros iguales, aunque todos tengan la misma esencia. Cada año trae consigo nuevas emociones, nuevas circunstancias, nuevas peticiones y nuevos agradecimientos. Pero hay algo que permanece intacto: esa mirada que todo lo comprende, ese consuelo que no falla, esa presencia que llena.

Por eso, ahora que la romería está cada vez más cerca, los nervios no son más que el reflejo de un amor que se renueva. Un amor que empuja, que llama, que prepara. Un amor que hace que el alma se adelante al camino y que, incluso antes de que comiencen las pisadas, ya se sienta en las marismas.

Porque el Rocío no empieza cuando se llega. Empieza cuando se siente. Y ahora, sin duda, ya está empezando.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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