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Murcia es el azahar que se hace marisma a las plantas de la Blanca Paloma

Hay una distancia que solo la fe es capaz de acortar: los más de quinientos kilómetros que separan la huerta murciana de las arenas de Almonte. La Real y Fervorosa Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Murcia es el testimonio vivo de cómo una devoción puede echar raíces profundas lejos de su origen y florecer con una personalidad propia y arrolladora.

La historia de esta corporación es el relato de un anhelo. Lo que comenzó en los años ochenta como una inquietud entre un grupo de devotos en el castizo Barrio del Carmen, bajo el nombre de la Peña «Virgen de las Marismas», terminó cristalizando en 1987 en una de las hermandades más queridas y respetadas del orbe rociero.

 Convertida en la filial número 93, Murcia lleva décadas demostrando que para ser rociero no hace falta nacer a orillas del Guadalquivir, sino llevar el Guadalquivir en el alma.

El Simpecado murciano, verdadera joya de su patrimonio, es el faro que guía a los hermanos por los caminos. En su diseño y en el de su carreta, se funden la estética clásica rociera con el orgullo de una tierra que se sabe heredera de una tradición huertana riquísima. Cuando la carreta de Murcia asoma por los caminos de Doñana, el aire se llena de un aroma distinto; es el azahar que se mezcla con el romero, es el color de una Murcia que se entrega por entero a su Madre.

Si algo define a la Hermandad de Murcia es su fidelidad a las formas y su estrecho vínculo con su madrina, la histórica Hermandad de Umbrete. Cada año, el encuentro entre ambas es una de las estampas más hermosas de la romería: la veteranía del Aljarafe recibiendo con los brazos abiertos la frescura y el ímpetu murciano. Juntas cruzan el Quema, juntas rezan el Ángelus y juntas entran en la aldea, demostrando que en el Rocío la fraternidad es la única bandera válida.

Pero la vida de esta hermandad no se agota en los días de Pentecostés. Su sede en la Parroquia de San Francisco Javier–San Antón es un hervidero de actividad durante todo el año. Desde sus cultos mensuales hasta su labor social, Murcia vive por y para el Rocío. La concesión del título de «Real» y el estrecho vínculo con la Casa Real son solo reflejos institucionales de una realidad mucho más humana: el cariño que el pueblo de Murcia profesa a la Blanca Paloma.

En definitiva, la Hermandad de Murcia es el puente de plata que une el Mediterráneo con las Marismas. Un ejemplo de que el Rocío es un sentimiento universal que, en esta tierra de sol y huerta, ha encontrado uno de sus mejores refugios.

Periódico rociero / Luis Menéndez / Murcia

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