Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor, un momento cumbre que marca el fin de la etapa terrena de Jesús y delega una responsabilidad histórica a toda la comunidad de creyentes. El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos reunidos, un escenario de contrastes donde conviven la adoración y la duda, recordándonos que Cristo se acerca a nuestra fragilidad humana para confiarnos su obra: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones».
La paradoja de la duda y la adoración
Resulta profundamente reconfortante descubrir que la vacilación no es ajena a los mismos apóstoles que convivieron con Cristo. Jesús no reprocha sus flaquezas ni espera una perfección absoluta para encomendarles su misión. En lugar de eso, se acerca a su debilidad y pronuncia el mandato definitivo que sostiene la vida de la Iglesia en todo tiempo y lugar, impulsando a los fieles a salir al encuentro del prójimo.
Una misión activa desde el servicio
Este texto bíblico nos recuerda que la Ascensión no constituye una invitación a evadir la realidad presente ni a quedarnos perplejos o inmóviles «mirando al cielo». Por el contrario, el mensaje exige mantener los pies firmes sobre la tierra para continuar la labor evangelizadora desde el servicio, la búsqueda de justicia y el consuelo hacia los sectores más necesitados. Anunciar la Buena Nueva significa contagiar una experiencia viva de fe, compasión y fraternidad.
La promesa del acompañamiento eterno
El verdadero pilar de este envío radica en la certeza absoluta que cierra el pasaje evangélico: «Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Cristo no deja huérfanos a sus hijos; su ausencia física inaugura una forma de presencia interior mucho más íntima y universal mediante el Espíritu Santo. Su bendición permanente actúa como el motor diario de nuestra esperanza, dándonos el valor necesario para caminar, servir y transformar el mundo.
Rumbo a la gran fiesta del Espíritu Santo
Esta gloriosa Ascensión nos sitúa en una cuenta atrás cargada de emoción, ya que falta apenas una semana para celebrar la solemnidad de Pentecostés. Este será el momento más especial y esperado para miles de rocieros, quienes tras recorrer senderos de fe se postrarán junto a la Blanca Paloma en su aldea almonteña. Allí, al calor de la Virgen del Rocío, la Iglesia universal revivirá el milagro de recibir el Espíritu Santo, renovando los corazones de sus devotos para enviarlos de nuevo al mundo como testigos de su amor.







