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Al otro lado de la acera

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | A veces me da vergüenza mirar a los ojos a la gente cuando salgo del trabajo. Nos pasamos el día midiendo el mundo en números, en titulares urgentes, en políticos que se gritan los unos a los otros y en desgracias que duran veinticuatro horas en la pantalla antes de ser sepultadas por la siguiente catástrofe.

Nos estamos volviendo de piedra. Salimos a la calle con una coraza invisible, esquivando la mirada del hombre que duerme sobre unos cartones en la misma esquina donde compramos el pan, o ignorando el cansancio infinito de esa vecina que ya no puede más con la vida y a la que despachamos con un «buenos días» rápido para que no nos robe tiempo. Nos hemos creído que el progreso era esto: blindar el corazón para que nada nos salpique.

Pero ayer, al ocaso de la tarde, me salté mis propias normas. Iba con prisa, como siempre, con la cabeza llena de demasiadas cosas, cuando vi a una mujer sentada en el banco de la plaza. No lloraba, que es lo que nos hace reaccionar por puro instinto. Simplemente miraba al suelo con los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara sujetarse a sí misma para no desmoronarse.

Me di cuenta que tenía las manos hinchadas de trabajar limpiando lo que otros ensucian y una mirada de absoluta soledad. Me detuve. No sé por qué lo hice, pero me senté a su lado. No le pregunté qué le pasaba, porque a veces las preguntas obligan a inventar respuestas. Solo le ofrecí un pañuelo de papel y me quedé allí, en silencio, sin más. Al rato, me miró y me dijo: «Gracias, pensaba que hoy nadie me iba a mirar»… Y sentí un escalofrío que me atravesó de arriba abajo.

En ese instante me acordé de la Virgen del Rocío. No de la imagen que vemos en los altares del Santuario o de la Asunción, sino de la Madre real, la que comprende el peso de un hijo que sufre y el frío de no tener dónde cobijarse.

Pensé en cómo nos mira Ella cuando estamos rotos, sin pedirnos explicaciones, sin exigirnos que seamos perfectos o que tengamos las manos limpias.

La Virgen del Rocío no habita en las grandes declaraciones de intenciones ni en los discursos vacíos de las instituciones. Su presencia es ese calor repentino que te entra cuando crees que estás completamente solo en mitad de la noche. Es la mirada que dignifica al que ha sido olvidado por todos.

El cristianismo que a mí me enseñaron mis mayores, el que intento defender cada mañana desde esta tribuna, no entiende de despachos ni de teorías. Es el de mancharse las manos por el otro. Es entender que el dolor de mi vecino es también el mío, y que no sirve de nada rezar si luego somos incapaces de estirar el brazo para levantar a quien se ha caído al lado del bordillo.

La devoción a la Virgen del Rocío se demuestra ahí, en la capacidad de ser refugio para los demás, en convertirnos nosotros mismos en ese rincón seguro donde alguien pueda descansar sus penas.

Cuando regresé a casa, entré en la habitación a oscuras y miré la pequeña medalla que tengo en la mesilla de noche. Sentí un pellizco de culpa por todas las veces que paso de largo, por todas las llamadas que no devuelvo, por el egoísmo diario que nos anestesia. Pero también sentí una paz inmensa. Porque sé que, a pesar de nuestros errores y de lo torpes que somos a la hora de amar, hay una Madre que nunca nos suelta de la mano y que nos empuja, cada día, a ser un poco más humanos.

Ojalá mañana, al salir a la calle, tengamos los ojos lo suficientemente abiertos como para descubrir a la Virgen en el rostro del que sufre al otro lado de la acera.

 

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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