El evangelio que la Iglesia proclama este domingo 11 de octubre de 2026 nos presenta la Parábola del banquete de bodas. San Mateo relata cómo un rey prepara una gran fiesta para el matrimonio de su hijo y envía a sus criados a llamar a los invitados. Sin embargo, la respuesta es el rechazo absurdo: unos ignoran la llamada para atender sus campos o negocios, y otros maltratan a los mensajeros.
Lejos de cancelar la celebración, el rey toma una determinación radical: ordena ir a los cruces de los caminos y sentar a la mesa a todos los que encuentren, malos y buenos, llenando así la sala. No obstante, al entrar el monarca, repara en un comensal que carece del traje de fiesta y dispone su expulsión inmediata a las tinieblas. La enseñanza es doble y resuena con fuerza en las páginas de este periódico: la invitación de Dios es universal, pero exige una respuesta digna, una transformación interior radical.
Para todo aquel que late al compás de la devoción a la Santísima Virgen del Rocío, este banquete celestial encuentra un paralelismo entrañable en la propia vivencia de la fe mariana. El Rocío es, por definición, una invitación constante a la fiesta del encuentro. Dios, a través de la mediación maternal de la Blanca Paloma, nos convoca a todos sin distinción en los cruces de los caminos; nos llama desde nuestras realidades cotidianas para introducirnos en una gran celebración de fraternidad, oración y liturgia.
Los caminos que cruzan las arenas hacia la aldea almonteña son, metafóricamente, esas encrucijadas de la parábola donde el amor del Padre sale a buscar al peregrino. Sin embargo, no basta con ponerse en camino ni con estar físicamente dentro del santuario o de la casa de hermandad; el texto evangélico nos advierte de que es indispensable portar el traje adecuado para participar de la alegría del Señor.
El traje de fiesta del que habla Jesucristo no confecciona sus hilos con sedas ni ornamentos exteriores, sino con las virtudes de un corazón limpio y renovado. En el contexto rociero, revestirse con este ropaje significa que nuestra devoción no puede quedarse en un mero costumbrismo estético, en una medalla colgada al cuello o en un cantar vacío de contenido. Vestir el traje de fiesta en la viña y el banquete marismeño implica revestirse de los mismos sentimientos de María: la humildad, la caridad sincera hacia el hermano, el perdón y el compromiso firme con los más desfavorecidos.
Ir al Rocío sin este traje espiritual, manteniendo actitudes de soberbia, egoísmo o indiferencia ante el sufrimiento ajeno, nos asemeja a aquel comensal que, aun estando dentro del palacio, terminó arrojado fuera por no comprender la dignidad del misterio que presenciaba.
Al abrir hoy las páginas de este diario dominical, el mensaje de Cristo se convierte en un recordatorio directo de nuestra corresponsabilidad bautismal. La Virgen del Rocío abre sus brazos en la marisma para ofrecernos el banquete de su Hijo, una mesa donde hay sitio para todos, buenos y malos, llamados a ser santificados por la gracia. El verdadero compromiso de las hermandades y de cada devoto en este día debe ser el de examinar el propio ropaje interior. Que la mirada de la Reina de las Marismas nos auxilie a despojarnos de las vestiduras del individualismo y el orgullo.
Solo acudiendo a su llamada con el traje de la fe viva, de la fraternidad auténtica y del amor al prójimo podremos ocupar dignamente nuestro lugar en el banquete del Reino y saborear la alegría eterna que la Blanca Paloma siempre nos ofrece.
Periódico rociero / Sacerdote J. Ruíz J.S. / Salamanca







