DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Cuando se apagan las luces de las urgencias cotidianas, queda al descubierto una verdad muy honda: la necesidad de sabernos a salvo en alguna parte.
El ser humano pasa la vida construyendo andamios que el menor soplo de viento puede derribar, olvidando que el único refugio que permanece intacto es aquel donde no hace falta demostrar nada para ser bienvenido. Es la serenidad del que entra en casa cansado y encuentra la mesa puesta, la ropa muda y un silencio tibio que arropa sin hacer preguntas. Así, de esa manera tan callada y constante, nos habita el amor de nuestra Madre; como un manto invisible que se extiende sobre nuestras debilidades para recordarnos que para la Virgen del Rocío somos infinitamente valiosos a sus ojos.
Ella acaba endulzando los días amargos y templando los momentos de euforia. Quien se detiene frente a su mirada descubre que no hay abismo que su ternura no pueda colmar, ni herida que su recuerdo no empiece a sanar de inmediato. Es una corriente de afecto que no entiende de distancias ni de olvidos, un hilo directo que une nuestras flaquezas con su generosidad inagotable, transformando la rutina gris en un horizonte cargado de sentido y de luz compartida.
Caminar bajo su amparo es aprender a mirar el mundo con una compasión renovada, desterrando los miedos que a menudo nos encogen el espíritu.
En cada rincón de nuestra jornada, su presencia actúa como un bálsamo sutil que nos invita a darnos a los demás, a sembrar concordia y a vivir con la tranquilidad del niño que duerme confiado porque sabe que una mano protectora vela su sueño.
Con esa dulce seguridad grabada en el alma, y guiados por la sonrisa eterna del Pastorcito Divino, resulta imposible no sentirse desbordado por una gratitud inmensa, listos para abrazar la vida con toda la fuerza del amor que Ella nos regala.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







