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El valor de lo que no se ve

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Resulta reconfortante comprobar que las crónicas más hermosas de nuestra devoción nunca se llegan a imprimir en papel ni se publican en las redes sociales. Ocurren lejos del foco público, en esa trastienda generosa donde tantas personas gastan sus horas de forma anónima para que todo resplandezca.

Hablo del esfuerzo callado de quien limpia la plata en la penumbra del almacén, del que pasa la noche en vela custodiando un altar, o de esa costurera que repasa cada puntada de las ropas litúrgicas con un mimo que roza la oración. En esos gestos desinteresados, donde no existe la búsqueda del aplauso ni el anhelo del protagonismo, se cimienta la auténtica verdad de nuestra herencia.

Frente a la espectacularidad de los grandes días, la fijeza de su semblante nos enseña que el amor se demuestra en los detalles más pequeños y discretos. Ella nos contempla desde su camarín con esa serenidad eterna, sosteniendo al Pastorcito Divino en sus brazos como recordatorio perenne de que las cosas más grandes de la vida nacen siempre desde la sencillez de un pesebre. Su ejemplo nos invita a despojarnos de la vanidad que a veces contamina nuestras estructuras, empujándonos a buscar una entrega más auténtica, de esa que se ejerce sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha.

Esta piedad heredada es, por encima de todo, una escuela de servicio. Ser hermano de una corporación rociera no es ostentar una posición de relevancia, sino aceptar el compromiso de sostener al que flaquea y de trabajar desde el último rincón para que la comunidad funcione en armonía. Es la constancia de acudir cada semana a la cita con el Simpecado, la generosidad de aportar lo que se tiene sin pedir nada a cambio y la alegría de ver crecer los proyectos comunitarios gracias a la suma de muchas voluntades ocultas.

Orientemos nuestros esfuerzos hacia esa discreción evangélica que tanto bien hace a nuestras almas. Que el objetivo para las próximas fechas no sea el de hacernos notar en las primeras filas, sino el de ser útiles allí donde la necesidad sea mayor, aportando nuestro granito de arena con alegría y humildad.

Al acercarnos a las plantas de nuestra Reina, que nuestra mayor ofrenda no sean las palabras grandilocuentes, sino el trabajo callado y sincero de unos hijos que la aman a través de la entrega diaria a su hermandad.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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