DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Justo cuando la última luz de la tarde se retira de la nave, el tiempo deja de transcurrir en el santuario. Ocurre un sosiego absoluto cuando el templo se vacía de ruidos, de pasos apresurados y de la grandiosidad de los coros, quedando a solas la penumbra de los siglos con el peso real de nuestras vidas. Es en ese desamparo voluntario donde el alma se descubre desarmada, buscando el refugio de una silueta que permanece inalterable ante los vaivenes de nuestras tormentas domésticas. Una presencia que no exige explicaciones ni cuentas de nuestros errores, sino que aguarda como el puerto definitivo al que siempre regresan los náufragos del cansancio cotidiano.
Esta devoción funciona como un lazo arraigado a la memoria desde que somos niños, cuando unos brazos fuertes nos alzaban en el aire para señalarnos un rostro que, desde entonces, se convirtió en el norte de todas nuestras brújulas.
En la fijeza de su semblante no hay reproches; encontramos una soberana comprensión que abraza nuestras flaquezas y recoge, con una delicadeza que estremece, esas promesas que le hacemos en secreto con los ojos empañados. A su lado, el Niño sostiene el mundo con la fragilidad de un suspiro, recordándonos en el juego de sus manos pequeñas que la mayor fortaleza de la existencia se esconde en la ternura, en la capacidad de empezar de nuevo y en la confianza de sabernos amados sin condiciones ni plazos.
Hablamos de una herencia del espíritu que se guarda en el cajón de las cosas sagradas, junto a las fotografías de los que ya se marcharon y las oraciones que aprendimos antes de conocer el miedo. Es la certeza de que, por muy oscuro que se vuelva el horizonte o por muchas cicatrices que acumule la andadura, existe una casa común donde siempre permanece encendida una lámpara de bienvenida. Un rincón donde las lágrimas no se esconden porque se saben comprendidas, y donde cada súplica es escuchada con el mimo con el que una madre atiende el llanto de su hijo en mitad de la noche.
Fijemos la atención en esa soberanía del cariño que nos aguarda en el presbiterio. Que la andadura de estos días nos encuentre con el ánimo dispuesto a ser portadores de esa misma paz, transformando los desvelos en un testimonio vivo de sosiego y esperanza. Al postrarnos una vez más ante las gradas de su altar, despojados de cualquier orgullo, que las oraciones resulten el reencuentro más sincero de unos hijos que regresan a la raíz de su felicidad, dando las gracias por el don perpetuo de su amparo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







