PERIÓDICO ROCIERO | Hay un nudo que se aprieta en la garganta cuando el calendario, casi sin pedir permiso, dobla la esquina de abril para entregarse a la claridad de mayo. Es una sensación que ha latido en silencio durante todo el invierno, un hormigueo que ha habitado en el pecho mientras los días eran cortos y el frío obligaba a soñar con el sol de la marisma. Los meses de espera no han sido tiempo perdido, sino una lenta maduración del alma, un suspiro contenido que ahora, por fin, encuentra el aire necesario para convertirse en la brisa que mece los pinos.
Ese nervio que recorre las manos al desempolvar los arreos o al comprobar que la medalla sigue guardando el mismo brillo no es ansiedad, es la certeza de una cita que nunca falla. El corazón rociero no sabe de pausas; vive en un constante descuento que se acelera cuando el azahar se despide y las carretas empiezan a reclamar su protagonismo entre el polvo y el incienso.
En estos días, el silencio de la casa se llena de preparativos, de recuerdos que afloran con fuerza y de promesas que, por fin, ven cerca el momento de cumplirse bajo el cielo infinito que cobija a la Blanca Paloma.
Se siente en el aire una urgencia bendita. Cada tarde que cae es una jornada menos de espera y un paso más hacia ese encuentro que justifica todo un año de silencios. Las hermandades se convierten en hervideros de sueños compartidos, donde el roce de un cordón o el sonido de una flauta en la distancia despiertan un hambre de arena que no conoce de razones. Es el vértigo de saber que el tiempo se agota y que la meta nos aguarda con la misma mirada serena de siempre, esa que parece leernos el alma antes de que seamos capaces de articular palabra alguna.
Mayo no es un mes cualquiera; es el escalofrío que provoca el roce de un Simpecado al salir del templo y el latido desbocado que nos recuerda que ya no falta nada para volver a ser nosotros mismos en la inmensidad de la aldea. Los pulsos se aceleran, las conversaciones se tiñen de camino y el pensamiento vuela, irremediablemente, hacia ese rincón del mundo donde la fe se hace abrazo y el cansancio desaparece con solo oler la jara. Es el momento de dejar que la emoción nos desborde, de reconocer que estamos hechos de esa materia invisible que nos empuja, año tras año, a buscar el refugio de sus plantas.
Ya se oyen los ecos de los cohetes rompiendo el azul del cielo y el corazón, rendido, solo sabe latir al compás de lo que está por venir. Porque cuando mayo empieza a descontar sus días, ya no hay marcha atrás: el alma ya está allí, adelantándose a nuestros pasos, esperando impaciente el instante en que el mundo se detenga y, por fin, nos sintamos de nuevo en casa, frente a la mirada de nuestra Madre bendita del Rocío.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







