DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay una contabilidad secreta en las casas de Almonte que no entiende de números, sino de pañuelos doblados con mimo y de camisas bien planchadas que esperan su momento en el fondo del armario.
Durante años, guardamos ciertas prendas como quien custodia un testamento sagrado. Las protegemos del polvo, les ponemos una ramita de lavanda y, de vez en cuando, abrimos las maderas solo para comprobar que siguen ahí, intactas. Son las ropas de los días grandes. Esas telas no se visten para mirarse en el espejo, sino para fundirse con la marea humana que busca la verdad en el rostro de una Madre.
Ayer, al descolgar esa camisa del perchero, un aroma antiguo a cera y a azahar inundó la habitación, recordándonos que el tiempo de Dios es perfecto y que las promesas del espíritu nunca caducan.
La verdadera grandeza del ser rociero no se mide en la vistosidad de los lujos, sino en la generosidad silenciosa de compartir el sitio en la valla con el desconocido. Ayer volvimos a entender que no somos más que eslabones de una cadena invisible que une a los abuelos que ya habitan en las marismas celestes con los niños que hoy caminan descalzos de nuestra mano.
Al mirar al Pastorcito Divino en brazos de la Virgen, entendemos que el Evangelio se escribe con gestos sencillos: la mano del amigo que te sostiene el hombro cuando te faltan las fuerzas, el trago de agua compartido bajo el sol o el silencio sepulcral que precede al clamor de un pueblo entero.
Cuando la miramos a Ella, todo el ruido del mundo se apaga, las vanidades se desmoronan y descubrimos, con el corazón encogido, que la mayor riqueza de la vida cabe en una simple mirada de Pastora.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







