PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El Santuario de la Virgen del Rocío se convierte, durante el viernes y el sábado de romería, en el corazón de toda Andalucía. A las puertas de esa ermita blanca, el tiempo se detiene para dar paso a la presentación de las hermandades. Es un rito sagrado hecho de promesas, polvo y medallas gastadas por el roce de las manos.
Desde este rincón, la dirección de nuestra publicación quiere pararse a mirar ese umbral bendito donde se concentra toda la verdad de nuestro pueblo.
Vivir esas jornadas a las puertas del Santuario es entregarse a un torbellino de emociones puras. Allí se siente el cansancio acumulado de los días de camino, pero también la fuerza milagrosa que empuja a seguir adelante.
El tintineo de las campanas de las carretas, el llanto emocionado de los peregrinos al ver el Simpecado llegar y los vivas que rompen el cielo crean una atmósfera que pone los vellos de punta. No hay palabras capaces de describir el instante exacto en que una hermandad se para ante la puerta y ve a la Virgen al fondo, presidiendo el altar de su Santuario y recibiendo a sus hijos.
En esos dos días grandes, la explanada del Santuario se llena de abrazos de reencuentro y de miradas cansadas que buscan, por fin, el consuelo de la Madre. Cada filia llega trayendo consigo las alegrías y las penas de sus pueblos y ciudades, pero todas se funden en una misma devoción.
Contemplar esa entrega absoluta nos recuerda por qué somos rocieros y por qué la fe de esta romería es eterna. A las puertas de su casa, ante la mirada invisible de la Blanca Paloma, comprendemos que todo el esfuerzo del año ha valido la pena.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







