DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | El otro día me encontré en el fondo de un cajón un viejo reloj de cuerda que perteneció a mi abuelo. Llevaba décadas parado. Al moverlo, la maquinaria hizo un amago de andar, un quejido metálico, y volvió a callarse.
Me quedé mirándolo y pensé en la cantidad de personas que caminan hoy por la calle exactamente así: rotas por dentro, con el mecanismo encasquillado por un desengaño, por la pérdida de un hijo, por la enfermedad o por esa soledad atroz que se esconde detrás de las pantallas de los teléfonos de última generación.
Vivimos en una sociedad de escaparates perfectos donde parece obligatorio exhibir una felicidad de plástico, pero la trastienda de las casas está llena de costuras abiertas y de lágrimas silenciosas que se tragan por la noche, a oscuras, para no molestar a nadie.
Ser cristiano hoy no puede ser una etiqueta de domingo ni un carné de buenas costumbres. Ser cristiano es bajarse del pedestal del egoísmo y meterse de lleno en esa habitación donde los demás esconden sus juguetes rotos. Es dejar de mirar el propio ombligo para empezar a sostener el peso del que no puede más.
La verdadera solidaridad no se mide en transferencias bancarias de fin de año, sino en la capacidad de regalarle tu tiempo al que no tiene a nadie que lo escuche, en sentarte en el borde de la cama del enfermo y sostenerle la mano aunque no sepas qué decir. El sufrimiento ajeno no es un espectáculo para debatir, sino un camino lleno de llagas que exige que nos manchemos las manos de compasión y de ternura real, sin esperar aplausos a cambio.
En mitad de este desierto de indiferencia, cuando el frío de la vida se mete en los huesos y dan ganas de arrojar la toalla, yo me aferro a lo único que nunca me ha fallado. Cuando la responsabilidad de este periódico me abruma o las noticias del mundo me muerden las entrañas, cierro los ojos y me pongo debajo de las andas invisibles de la Virgen del Rocío. Ella no es una abstracción teológica ni un concepto lejano; es la Madre que te recoge del suelo cuando te has caído por enésima vez y te limpia las rodillas sin reproches.
Su presencia es el único refugio donde no hace falta disimular, donde puedes llorar a lágrima viva sin que nadie te tache de débil. Ella conoce cada una de nuestras cicatrices porque las ha mirado una a una, con esa compasión infinita que solo cabe en los ojos de una madre que ve sufrir a sus hijos.
Y pegado a sus faldas, gobernando nuestras vidas desde la más absoluta sencillez, nos espera siempre el Pastorcito Divino. Es fascinante cómo la grandeza más absoluta de Dios decidió vestirse de infancia, recordándonos que para salvarnos hay que hacerse pequeños, muy pequeños. El Pastorcito Divino nos desarma por completo porque lo que nos pide es la pureza del corazón, esa que vamos perdiendo por el camino a base de malicia y de desconfianza.
Mirarlo a Él es comprender que el amor verdadero es humilde, que la salvación está en el cuidado mutuo y que nuestra única misión en esta tierra es rescatar a las ovejas perdidas que el dolor ha dejado ciegas a la orilla del camino. Pongamos nuestras vidas rotas en sus manos, abramos el corazón de par en par a las emociones más puras y dejemos que su luz cure todas nuestras heridas.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







