DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Mirar a los ojos a la Madre no es una costumbre que se mide en los domingos ordinarios del año, es un testamento de fe que se reescribe cada vez que una madre enseña a su hijo a besar la medalla.
Roma ha vuelto a mirar hacia nuestra tierra, y el Papa ha abierto una ventana directa al cielo de Almonte al proclamar este Año Jubilar Rociero. No se trata de un decreto sin más, sobre un papel del Vaticano, ni de un privilegio administrativo para lucir en los anales de la historia.
Un Año Jubilar es un regalo inmenso, una herencia de gracia y de perdón que la Iglesia pone en nuestras manos para que curemos las heridas del alma. Es una invitación formal a despojarnos de los orgullos cotidianos, a pedir perdón de verdad y a rescatar esa generosidad que a veces se nos duerme en el pecho debido a las prisas del día a día.
Este tiempo santo de gracia divina abrirá sus puertas de par en par el próximo 15 de agosto de 2026 y extenderá su bendición hasta el 31 de mayo de 2027, coincidiendo con el acontecimiento extraordinario de la Venida de la Virgen a su pueblo de Almonte.
Esta conmemoración, que sucede cada siete años, se transforma ahora en una convocatoria universal de conversión y reconciliación. Durante estos meses de jubileo, la parroquia de la Asunción se convertirá en el epicentro de un fluir constante de almas que buscan sanación, convirtiendo el reencuentro de la Madre con sus hijos en el mayor acontecimiento de fe y fraternidad de la Iglesia diocesana.
Para cualquiera de nuestras hermandades, y para el cristiano que busca refugio en mitad de sus tormentas personales, este tiempo de gracia representa una riqueza espiritual sin precedentes.
Es la oportunidad de volver a ser niños. La mirada serena de la Virgen del Rocío y las manos abiertas del Pastorcito Divino nos recuerdan que nunca estamos huérfanos. Ellos custodian nuestras lágrimas más sinceras, esas que no se ven en las fotografías, y recogen las oraciones desesperadas que solo se pronuncian en el silencio de la noche.
Acudir a sus plantas durante estos meses no es cumplir con un trámite litúrgico, es entrar en el hogar donde siempre se nos espera con la mesa puesta.
Que esta bendición jubilar desborde los templos y se convierta en pan para el hambriento, en consuelo para el enfermo y en un compromiso real de amor fraterno, demostrando que el mayor tesoro de nuestra devoción es el cuidado incondicional de los unos para con los otros.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







