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Legado de siempre

La memoria del Rocío se construye muchas veces con los ojos de la infancia, con esa mirada inocente que observa las carretas por primera vez y queda cautivada para siempre.

Hubo un tiempo en que un niño contemplaba la marcha de los peregrinos con el anhelo profundo de formar parte de esa estela de polvo y tradición, soñando con el sonido del tamboril y las noches al alba. En aquellos años difíciles, participar en la romería no era una meta sencilla; requería de un esfuerzo inmenso que solo el amor de unos padres podía sostener.

Aquellos esposos, con el jornal justo y las manos curtidas por el trabajo diario, no dudaron en privarse de lo necesario, encadenando horas de desvelo y privaciones silenciosas, con el único propósito de que su hijo vistiera los botos y caminara junto al Simpecado.

Aquellos sacrificios sembraron una semilla que los años han guardado con una fidelidad asombrosa. Hoy, aquel niño es un hombre adulto que conoce perfectamente el precio de cada medalla y el valor sagrado de la herencia recibida bajo las lonas de las carretas.

Aquellos padres corajudos, con el cabello ya pintado de plata y el paso más pausado, contemplan ahora su obra con la satisfacción del deber cumplido. Convertidos en abuelos, siguen acudiendo puntuales a la cita anual de las marismas, pero ya no viajan solos ni con la carga del ayer; lo hacen escoltados por el orgullo de sus hijos y la risa renovada de sus nietos, quienes corretean por los senderos repitiendo los mismos gestos que un día iniciaron esta hermosa historia familiar.

La estampa actual de esta familia durante la peregrinación es el vivo reflejo de la continuidad histórica de nuestra romería. El esfuerzo de los abuelos no se perdió en el viento, sino que se transformó en el patrimonio más valioso de su estirpe, una cadena de amor y devoción que se transmite de manos viejas a manos nuevas sin perder un ápice de su pureza.

En cada parada del trayecto, cuando la noche cae y la familia se reúne en torno a la candela, el pasado y el presente se abrazan en un mismo agradecimiento, demostrando que los mayores sacrificios de ayer son, sin duda alguna, las mayores bendiciones que hoy guían los pasos de las nuevas generaciones de rocieros.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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