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Reflexión rociera desde el corazón

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Es completamente normal que la mente se abrume cuando intentamos dar forma a ese cúmulo de sentimientos que nos desbordan por dentro. A menudo nos pasa que la devoción satura el pensamiento de vivencias, rostros, promesas y recuerdos, haciendo que las palabras se queden cortas o se atropellen al querer salir. Sin embargo, cuando el alma está tan llena que no encuentra el cauce para expresarse, el ejercicio más sabio y sanador consiste en dejar de buscar frases perfectas y permitir que el sentimiento simplemente repose, sabiendo que Ella no necesita que le expliquemos nada para entenderlo todo.

El amor verdadero no se rige por la rigidez de un guión preestablecido. Se sostiene en esa maravillosa capacidad de conmoverse ante lo que no se puede explicar; en ese nudo que se forma de repente al mirar una estampa vieja en la cartera, o en la gratitud que nos inunda al recordar a los que nos enseñaron a mirar al cielo.

Frente a su altar, la fijeza de su mirada ejerce de espejo de nuestras almas, devolviéndonos la calma perdida y ordenando el caos diario con la misma suavidad con la que una madre peina a su hijo.

Quitémonos la presión de tener que ponerle nombre a cada emoción que albergamos. Ser rociero es, fundamentalmente, poseer un refugio seguro a donde regresar cuando el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso o confuso. Es la tranquilidad de saber que nuestras intenciones más íntimas, incluso aquellas que no sabemos cómo estructurar en una oración, están a buen recaudo bajo su Rocío perpetuo. Ella recoge nuestros silencios, descifra nuestras nostalgias y abraza nuestras flaquezas con una ternura soberana que no entiende de plazos ni de condiciones.

Dejemos, por tanto, que todo descanse en esa maravillosa marea de sentimientos sin necesidad de encauzarlos por la fuerza. Que nuestra única tarea de cara a las próximas jornadas sea la de mantener el espíritu agradecido, disfrutando de la suerte inmensa de tener un faro tan claro que ilumine nuestras vidas.

Al postrarnos de nuevo ante la Reina de nuestros días, entreguémosle ese torrente de emociones tal y como está, con sus nudos y sus desordenes, seguros de que en su regazo maternal todo encuentra su sitio, su sentido y su paz definitiva.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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