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Rocieros de salón

PERIÓDICO ROCIERO | El Rocío no puede ser un paréntesis de siete días en una vida de contradicciones. Cada año, cuando la Blanca Paloma regresa a su camarín, nos queda el eco de las sevillanas, el polvo del camino y una maleta llena de promesas. Sin embargo, el verdadero reto del rociero no comienza cuando se pone la medalla, sino cuando se la quita al llegar a casa. Es ahí, en el silencio de la rutina y en el trato con el prójimo, donde se demuestra si el camino ha servido para algo o si solo ha sido una huida hacia adelante envuelta en ebullición y euforia.

Decimos sentir el Rocío en las entrañas, presumimos de una fe que mueve arenas y de una hermandad que no conoce fronteras. Pero, ¿dónde queda esa caridad cuando termina la romería? ¿Dónde está la cercanía con el que sufre, el perdón al hermano o la sonrisa que le prometimos a la Virgen frente a su reja? No podemos permitir que nuestra devoción se convierta en un artículo de temporada que se guarda en el armario junto a los botos hasta el próximo mayo. El Rocío es una actitud ante la vida, no un evento en el calendario.

Vivir la devoción rociera es, ante todo, una responsabilidad. Es aplicar la humildad de la Blanca Paloma a nuestras decisiones diarias, a nuestro trabajo y a nuestras familias. Si la romería no nos hace mejores personas, mejores vecinos y mejores cristianos, entonces no hemos entendido el Rocío, simplemente hemos ido de viaje. La devoción real se mide en la coherencia entre lo que cantamos en la marisma y lo que hacemos en la calle. Menos palabras y más hechos; menos euforia de una semana y más constancia de un año entero. Solo así honraremos de verdad a la que es Madre de Dios y nuestra.

Escribo estas líneas no desde la superioridad, sino desde la propia autocrítica que nos debemos personalmente y como colectivo. Tras años observando nuestra bendita fiesta desde este Periódico Rociero, estoy convencida de que el futuro de nuestra devoción no depende de cuántos seamos en el camino, sino de cuán profundo cale el mensaje de la Virgen en nuestras acciones de caridad y en el relevo que entregamos a los que vienen detrás de nosotros. Ser rociero es un orgullo, pero también es el examen más difícil de nuestra vida diaria. Nos vemos en las arenas, pero sobre todo, nos vemos en el ejemplo.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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