Hay fenómenos que la razón, por más que se esfuerce, no alcanza a explicar. El Rocío es uno de ellos. Cada Pentecostés, y cada día del año en ese rincón de Almonte, se repite un milagro de magnetismo espiritual que desafía la lógica del mundo moderno. ¿Qué tiene esa pequeña imagen de madera para movilizar a millones? ¿Cuál es el secreto del imán que reside en sus ojos?
Ese magnetismo no se explica con la palabra devoción, porque se queda corta. Es más bien una gravedad invisible que dobla la voluntad del que camina. La Virgen del Rocío opera como el centro de un universo que ignora el paso de los siglos, atrayendo hacia sí tanto al que cree con certeza como al que llega perdido. No es una llamada estética, es un grito del alma que busca un refugio que solo ella parece custodiar entre las arenas y la marisma.
Y esa fuerza se manifiesta con una crudeza asombrosa cuando el gentío se vuelve uno solo ante su paso. El imán de la Blanca Paloma no pide permiso, simplemente arrastra; es capaz de convertir el cansancio extremo en energía renovada y el silencio de la espera en un estruendo de fe. En ese torbellino de manos que buscan tocar sus andas, se comprende que su atracción no es una elección pausada, sino un impulso irrefrenable que anula cualquier duda y empuja al hombre a entregarlo todo por un segundo bajo su manto.
Quien se acerca a su reja no lo hace para cumplir con un rito, sino porque siente que allí el tiempo se detiene y las cargas pesan menos. Su imán reside en esa capacidad de ser, a la vez, reina soberana y madre cercana, un faro que no deslumbra pero que guía con una fuerza que desborda cualquier lógica humana. Al final, acudir a su encuentro es responder a un instinto primario de regreso al origen, a la paz que solo se halla bajo su mirada.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







