InicioEditorialEl lazo eterno entre el Coto y la Cova da Iria

El lazo eterno entre el Coto y la Cova da Iria

En el vasto universo de las devociones marianas, existen hilos invisibles que entrelazan corazones a través de las fronteras, y pocos son tan firmes y emocionantes como el que une a la Blanca Paloma con la Virgen de Fátima.

Para el pueblo de Almonte, y por extensión para todo el orbe rociero, hablar de Fátima no es hablar de una advocación extraña o lejana, sino de una Madre que comparte hogar, honores y una devoción que se desborda cada 13 de mayo por las en el corazón del pueblo almonteño.

Este vínculo, forjado a fuego lento por la historia y la fe, alcanza su máxima expresión en el título de Alcaldesa Perpetua que la Virgen de Fátima ostenta en Almonte, una distinción que es un reflejo del respeto y el amor profundo que este pueblo profesa a la Señora de Portugal.

La relación entre ambas advocaciones es un diálogo de luz que se remonta a décadas atrás, cuando la fuerza del mensaje de Fátima caló hondo en la Andalucía que ya miraba hacia la marisma.

Es imposible no sentir un escalofrío al recordar cómo los hombres de Almonte, curtidos por el sol y la soledad del Coto, encuentran un eco espiritual en aquellos tres pastorcitos de la Cova da Iria.

Hay algo en la humildad de los orígenes, en la pureza de los mensajes y en la conexión con la naturaleza que hermana de forma natural al Rocío con Fátima. Ambas son Vírgenes de campo, de cielos abiertos y de fe inquebrantable, capaces de movilizar a millones con solo un susurro de esperanza.

El 13 de mayo en Almonte es una jornada donde el tiempo parece detenerse para dejar paso a una elegancia distinta, pero igualmente vibrante. Recordar a la Virgen de Fátima procesionando por el pueblo es contemplar un preludio de Pentecostés; es sentir que la Madre se hace presente bajo otro nombre pero con el mismo abrazo protector.

Para el rociero, esta fecha es un recordatorio de que la Virgen es una sola y que su mediación no entiende de distancias geográficas. La emoción se palpa en el ambiente cuando las salves se mezclan con los rezos del rosario, y el aire de Almonte se llena de una paz que anticipa la llegada de los carros y los bueyes.

Esta unión entre Almonte y Fátima es el testimonio de una devoción sin fisuras, un puente de rosas que conecta la marisma con las tierras lusas. Al celebrar a la Alcaldesa Perpetua, los rocieros reafirman su identidad como hijos de María, reconociendo en la Virgen de Fátima la misma mirada misericordiosa que buscan cada lunes de Pentecostés. Es, en definitiva, un misterio de amor que une dos tierras, dos advocaciones y un solo sentimiento: el de saberse siempre bajo el manto de la Madre que, ya sea entre pinos o encinas, nunca deja de guiarnos hacia la luz.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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