InicioARTÍCULOSManzanilla y su fe bajo el sol de las arenas

Manzanilla y su fe bajo el sol de las arenas

En el corazón de la provincia de Huelva, allí donde el verde de los campos se funde con el aroma del mosto, late con fuerza el sentimiento de un pueblo que cada primavera se convierte en peregrino. La Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Manzanilla no es solo una institución religiosa; es el alma compartida de sus vecinos, un vínculo indisoluble que une a padres, hijos y abuelos bajo el amparo de la Blanca Paloma en un ejercicio de fe que trasciende lo puramente espiritual para convertirse en vida pura.

La historia de esta hermandad es un relato de perseverancia y amor. Aunque la devoción rociera en Manzanilla se pierde en el tiempo a través de familias que, durante décadas, hacían el camino por su cuenta o integradas en otras hermandades, lo que hoy conocemos comenzó a tomar forma a finales de los años ochenta. Fue en octubre de 1989 cuando un grupo de devotos decidió que Manzanilla merecía llevar su propio nombre por las arenas, fundando oficialmente la hermandad que recibiría su erección canónica el 4 de marzo de 1994. Aquel mismo año, amadrinada por la Hermandad de Hinojos, Manzanilla cumplió el sueño de convertirse en la filial número 93, sellando así un pacto eterno con las marismas.

Caminar con Manzanilla es sumergirse en una experiencia sensorial y emocional difícil de olvidar. El viaje comienza con la bendición en la Parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, un momento de recogimiento donde los peregrinos se despiden de sus patronos, San Roque y la Virgen del Valle, para iniciar una travesía que es, en esencia, una oración cantada. Al frente de la comitiva, el Simpecado verde, bordado con un primor que refleja la luz del sol onubense, se alza como el faro que guía a los rocieros a través de los senderos de arena, pinos y romero.

Lo que hace verdaderamente especial a esta hermandad es su carácter acogedor y familiar. En los sesteos y en las pernoctas, el protocolo da paso a la convivencia más auténtica. No faltan los sones de flauta y tamboril, ni las sevillanas que brotan espontáneas en torno a una mesa compartida. Es en esa sencillez donde reside su elegancia: en la capacidad de mantener viva la tradición sin perder la frescura, haciendo que cada nuevo hermano se sienta parte de una estirpe antigua.

La entrada en la aldea son el clímax de un esfuerzo físico que se olvida al divisar las espadañas de la ermita, confirmando que, para un rociero de Manzanilla, el camino no es un destino, sino un estado del corazón que se renueva cada año con la misma ilusión del primer día.

Periódico rociero / Carlos M. Lobo / Manzanilla

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