InicioEditorialLa Virgen del Rocío no pide apellidos, solo corazones

La Virgen del Rocío no pide apellidos, solo corazones

PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | La fe rociera no entiende de mapas genéticos, de árboles genealógicos ni de herencias obligatorias. Existe una creencia firmemente arraigada de que la devoción a la Blanca Paloma debe transmitirse de manera natural como un apellido, pasando de padres a hijos a través de las vivencias compartidas en las arenas y los recuerdos de antiguos caminos.

Si bien el seno de una familia cristiana y mariana es un hermoso nido para ver germinar este amor, la realidad nos demuestra cada primavera que la Madre de Dios posee caminos misteriosos, íntimos e individuales para llamar a cada uno de sus hijos. No se es más rociero por acumular generaciones ante su altar, ni la devoción se extingue por ser el primero de un linaje en postrarse ante sus plantas.

El Rocío es, ante todo, un flechazo inesperado que transforma la existencia por completo. Cada año, cientos de personas llegan a la aldea almonteña por primera vez movidas por la curiosidad, por un compromiso social o por un viaje imprevisto, sin imaginar que sus vidas están a punto de cambiar de rumbo de forma definitiva.

Basta un solo instante frente a la mirada serena de la Virgen, el eco sobrecogedor de una flauta y un tamboril, o el respetuoso silencio de una noche de acampada bajo las estrellas para quedar atrapados para siempre en una devoción inquebrantable.

Es un despertar espiritual que no necesita de explicaciones lógicas ni de antecedentes familiares; es el alma que reconoce su hogar en las marismas.

Ser rociero, en definitiva, no es una cuestión de cuna ni de tradición heredada, sino la respuesta valiente de un corazón que se rinde ante la llamada universal de la Madre.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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