PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Hay una primavera que no se mide en los termómetros ni en las hojas que caen del calendario, sino en los costados de un corazón que se ahoga cuando la distancia se vuelve insoportable. Para el alma rociera, la cercanía de Pentecostés no es una simple fecha festiva, sino una necesidad vital, un oxígeno invisible que solo se respira plenamente cuando los ojos se clavan de nuevo en esa mirada serena que todo lo cura.
Vivimos en un mundo que camina de prisa, devorado por la inmediatez, el ruido de las pantallas y las preocupaciones que desgastan el día a día. Sin embargo, cuando las hermandades empiezan a echarse a los caminos, el tiempo recobra su verdadero sentido y el espíritu experimenta una transformación profunda. Es en ese instante de desprendimiento, al dejar atrás las comodidades del hogar para buscar la inmensidad de las arenas, cuando descubrimos que las cargas más pesadas de la rutina se vuelven livianas si el destino final tiene nombre de Madre.
El camino hacia la aldea almonteña nunca ha sido un mero despliegue folclórico ni una simple tradición festiva que se repite por inercia cada año. Quien ha sentido el frío de la madrugada en los pinares, el polvo del sendero cerrando la garganta y el cansancio acumulado en los pies sabe perfectamente que cada pisada es una oración muda, una promesa cumplida o una súplica que busca consuelo.
La devoción a la Blanca Paloma se convierte de este modo en el eje que vertebra vidas enteras, en un refugio inquebrantable donde los dolores se templan y las alegrías se multiplican al compartirse en comunidad.
Esa angustia dulce que se apodera del romero en las jornadas previas, ese nudo en el pecho al ver alejarse las carretas, encuentra su sentido pleno en la linde de la marisma. No es una exageración poética asegurar que nos falta el aire sin Ella; es la pura realidad de un pueblo que se reconoce huérfano si le falta el amparo de su Patrona. Que esta nueva Romería de Pentecostés nos sirva para renovar los lazos de auténtica fraternidad, para respirar hondo la fe de nuestros mayores y para reencontrarnos, cara a cara, con la luz que ilumina todos nuestros senderos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







