jueves, julio 25, 2024
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Sueños de mi infancia

Han sido cuatro años sin ir de Romería. Te he visitado muchas veces, siempre que he podido, pero ya hace mucho que no te veo al salir el sol con los flamencos de la marisma de fondo, que no siento el relente después de llevarte, que no veo los pétalos caer desde el campanil de Huelva o el gentío en Jerez. Nunca pensé que esto pasara, que estuviera tanto tiempo sin ir a verte en tu Romería. Desde que era un bebé mis padres me llevaron, cuando se dormía en el suelo, nos lavábamos con agua del pozo y el agua potable sólo se encontraba en los grifos públicos (que todavía hoy existen) y había que ir a diario con las garrafas de una arroba a buscarla. Pero la vida te lleva por estos derroteros y tuve que irme lejos.

Este año algo ha cambiado. Me voy, y sólo quedan unos pocos días, y los nervios cada vez son mayores. Pensé que me lo tomaría con tranquilidad, pero conforme se acerca el momento, más tiemblo cada día pensando que algo pueda torcerse. Pero no, iré sea como sea.
Y desde hace unos días mis despertares son muy intensos, y seguro que los que quedan serán iguales. Sueño noche tras noche de manera inevitable con mi infancia.

El otro día desperté oliendo a masa de rosco frito (rosquillas si no sois de Andalucía Occidental). La hacían mi madre, mi tía y mi abuela en casa de mi tía, en La Palma del Condado, el fin de semana antes de la Romería. No soy capaz de describir el olor, lo siento por vosotros, pero aún lo recuerdo. Y aún recuerdo lo especial de pasar un día entero con mis primos jugando y con mi madre intentando evitar que me comiera la masa caliente recién hecha, que según ella era mala para la barriga. A mí nunca me pasó nada.

Al día siguiente me despertó el cohetero en la misa del Miércoles en El Chaparral, y al asomarme a la ventana vi gente ajetreada, caballos, charrés y a lo lejos la misa. Mi madre terminaba de preparar la ropa que, aunque no hacíamos el camino porque mi padre trabajaba, por la tarde a eso de las tres o las cuatro nos íbamos en el Seat 127 para la aldea. En mi sueño volví a llorar para que mi padre cogiera por el camino y no por la carretera, para ver así el ambiente.

Y hoy he despertado con el jaleo que montaban mi madre y mi tía recogiendo todos los chismes para ir al camino el viernes. Sí, el viernes. El miércoles nos íbamos a la aldea, pero como la familia de mi madre es de La Palma del Condado el viernes siempre íbamos con los coches (el Seat 127 y un Renault 6), cuando se podía circular con ellos en esos días, hasta la parada que hacía la Hermandad de La Palma en el pinar antes del Merco. Era uno de los mejores días de toda la Romería para los niños. Los coches cargados de fiambreras con tortillas, croquetas y otros manjares caseros, con sillas y mesas plegables. Y en los pinares, encuentro con mucha gente conocida y mucho cante. Y mi madre enseñándome la salve ante la carreta del simpecado. He despertado cansado, después de llegar a casa y descargar los coches.

En los días que me quedan seguro que seguiré soñando con los detalles de mis Rocíos de infancia. Y es que como he dicho este año algo ha cambiado. Espero mi primer hijo (o hija). Y como hicieran mis padres conmigo, yo ya lo llevo a la Romería, aun sin haber nacido, para que cuando sea mayor tenga el mayor número posible de recuerdos de esos caminos, de esos momentos junto a Ella. Creo que estos despertares de mi niñez tienen que ver con la ilusión de ser yo ahora quien tiene que guiar a un niño, a un nuevo rociero, por la senda del Amor a Ella. Ojalá me ayude a conseguirlo.

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