PERIÓDICO ROCIERO | El fervor rociero de la Costa Occidental de Huelva encuentra en Cartaya un refugio de fe inamovible. Lo que nació en el año 2002 como una modesta asociación de fieles se ha transformado hoy en una realidad desbordante de alegría y devoción. La hermandad local encarna el espíritu de un pueblo que sabe rezar cantando y que vive el año entero con la mirada puesta en las marismas de Almonte.
La andadura oficial de esta filial se consolidó en el verano de 2009, cuando recibió la aprobación de sus estatutos en la parroquia de San Pedro Apóstol. En ese viaje inicial fue clave el respaldo de la Hermandad de Ayamonte, su madrina, con la que comparte las arenas del camino, los amaneceres entre pinos y la emoción de pisar la aldea. Esa alianza demuestra que el camino nunca se hace en solitario, sino compartiendo el pan y la plegaria.
Al llegar la primavera, la Plaza Redonda se convierte en el epicentro de las emociones. El eco de la flauta y el tamboril anuncia que el simpecado se pone en marcha, arropado por cientos de vecinos que visten sus mejores galas. La carreta avanza entre vítores y promesas silenciosas, dejando atrás el paisaje marinero para adentrarse en la arena en busca de la Madre de Dios.
La huella de la corporación se cultiva a diario en el pueblo mediante la caridad y la convivencia. Ser rociero en esta tierra significa tender la mano al vecino y mantener encendida una tradición que se transmite con orgullo de abuelos a nietos. Con su empuje juvenil y su madurez institucional, Cartaya sigue agrandando una historia de amor mariano que no deja de crecer.
Periódico rociero / Juan M. Sánchez / Cartaya







