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Fe sin caminos

PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | No hace falta pisar la arena fina para ser rociero, ni haber sentido el peso de las varas sobre los hombros.

Existe un pueblo invisible que jamás ha cruzado Doñana, que nunca ha visto amanecer en el Quema y que no conoce el polvo del camino. Sin embargo, en el silencio de sus casas, guardan una devoción tan férrea y un amor tan profundo por la Virgen del Rocío que estremece el alma.

Son esos devotos que viven la romería a miles de kilómetros, pegados a una pantalla o con la mirada puesta en una estampa gastada. Personas que, cuando llega el lunes de Pentecostés, derraman las mismas lágrimas sinceras que los peregrinos que están en la aldea.

Su fe no mide las distancias. A veces, un rezo callado desde una habitación de hospital, desde una cocina humilde o desde tierras lejanas tiene tanta fuerza como el viva más rotundo ante la reja.

La Reina de las Marismas conoce bien esos hogares y sabe los nombres de quienes la buscan en la distancia. Su mirada cruza las marismas para entrar en cada rincón donde alguien suspira por Ella.

Porque el Rocío, al final, no es solo un lugar físico al que se llega a pie. El Rocío es un estado del alma. Se puede ser el romero más grande del mundo sin haber salido jamás de casa, porque para la Madre, el camino más hermoso es el que recorre el amor directo al corazón.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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