Doñana es realmente un paraíso indescriptible. No es solo un trozo de tierra salvaje; es el santuario vivo que Dios diseñó para proteger a la Reina de las Marismas.
Entre las marismas infinitas, los pinos verdes y las dunas que se mueven con el viento, se respira un misterio muy antiguo. Quienes caminan por esos senderos sagrados saben muy bien que allí la naturaleza no está en silencio. Cada rincón del Coto reza a su manera, preparando el terreno para el milagro de la romería.
La relación entre esta tierra bendita y la Virgen del Rocío va mucho más allá de lo que alcanzan a ver los ojos.
Doñana es la Madre que cobija el caminar de sus hijos bajo una luz mágica que parece del cielo. En la quietud de sus noches, cuando el viento silba entre las ramas y las estrellas iluminan la arena, se siente una paz que limpia el alma por entero. Es como si el espacio natural guardara los secretos, las promesas y los suspiros de siglos de devoción rociera.
Al final, la marisma y la Virgen van de la mano en el corazón del peregrino. No se puede entender el Rocío sin el aroma a jara, sin el vuelo de las aves sobre las aguas o sin la huella honda que dejan las carretas en la arena.
Doñana es el templo sin paredes donde la Madre espera a sus hijos, demostrando que la fe más pura nace en mitad de la creación más bella.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







