La cuenta atrás ha comenzado en Almonte y se nota en el aire. Cada siete años, el calendario del corazón se detiene para preparar la Venida más esperada.
Falta muy poco para que llegue agosto y el pueblo entero se ha convertido en un taller inmenso donde se fabrica la ilusión. No importan las horas de sueño perdidas ni el cansancio en las manos. Almonte entero trabaja al unísono para vestir sus calles con las mejores galas.
Levantar los grandes arcos de madera es un esfuerzo monumental que une a los vecinos como una sola familia. Al mismo tiempo, miles de flores blancas de papel van naciendo en cada patio, en cada salón y en cada rincón vecinal. Cada una de esas flores es, en realidad, un rezo callado, una promesa cumplida o un agradecimiento sincero.
Es una devoción compartida que se hereda de padres a hijos, donde todo un pueblo se vuelca para crear un templo de papel efímero bajo el cielo andaluz.
Desde la dirección de nuestra publicación, queremos rendir homenaje a este hermoso milagro colectivo. Cuando la Virgen del Rocío cruce el Camino de los Llanos vestida de Pastora, sus ojos verán el reflejo de un amor incondicional.
Almonte no solo adorna sus calles; desnuda su alma para recibir a su Madre. Esas bóvedas blancas y esos arcos majestuosos son el testimonio vivo de que la fe no se explica, simplemente se trabaja y se vive con el corazón.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







