PERIÓDICO ROCÍERO | Francisca Durán Redondo | El Rocío es un milagro que se renueva cada primavera. Es un camino de fe que transforma los corazones. Cuando los romeros se ponen en marcha, no solo buscan un destino. Lo que de verdad importa es el viaje y la vida en común. Los senderos guardan historias de esfuerzo, pero también de mucha alegría. En esos días, el tiempo se detiene. El cansancio se olvida con una sonrisa o con un canto.
Dentro de cada Hermandad nace una unión muy fuerte. Los hermanos comparten el pan, el agua y las vivencias de cada jornada. La devoción a la Virgen del Rocío une a personas muy diferentes. Allí todos son iguales. Se ayudan en todo momento, comparten las tareas del día y se apoyan cuando las fuerzas flaquean. Pero lo más hermoso del Rocío es que ese amor no se queda solo dentro de un grupo. Esa gran familia crece y se abre a los demás.
En la aldea, las fronteras entre las hermandades se borran por completo. Las casas rocieras tienen las puertas abiertas para todo el mundo. No importa de qué pueblo vengas ni qué medalla lleves colgada al cuello. Un saludo en una esquina se convierte en una charla larga. Un trozo de pan compartido crea una amistad para siempre. Es muy bonito ver cómo personas de distintos lugares se abrazan como si se conocieran de toda la vida.
Esta convivencia nos enseña el verdadero sentido de la fraternidad. La fe en la Virgen del Rocío es el puente que nos une a todos. Alrededor de una hoguera, las guitarras suenan para todos por igual. Las lágrimas de emoción ante la Virgen son las mismas para cualquier romero, sin importar de dónde venga. Al final, el Rocío nos demuestra que el mundo puede ser un lugar mejor si aprendemos a vivir así, unidos por el cariño y el respeto.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







