DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Ver las naves del templo bullir de actividad los días previos a los grandes cultos es un espectáculo que reconforta el alma. No hay mayor regalo para una Hermandad que contemplar a un grupo de personas unidas, trabajando codo con codo, con las mangas arremangadas y la felicidad dibujada en la cara.
En esos momentos previos, donde hay tanto por hacer y el cansancio físico empieza a asomar, la verdadera esencia de nuestra fe se hace visible. El trabajo en equipo no es solo una forma de avanzar más rápido o de repartir las tareas del día; es una auténtica fiesta de convivencia donde cada esfuerzo compartido se convierte en un lazo que nos une para siempre, recordándonos que las metas más hermosas solo se alcanzan cuando caminamos juntos.
La belleza de esta labor conjunta radica en que todos los papeles son igual de valiosos y necesarios. Es una delicia ver cómo se complementan la experiencia de los mayores, que conocen cada rincón y cada costumbre, con la energía desbordante de los más jóvenes, dispuestos a cargar con lo más pesado.
Aquí no importan los títulos, los apellidos ni la búsqueda de un protagonismo que solo sirve para dividir. La única competencia sana que existe es la de ver quién regala la mejor sonrisa en mitad de la faena o quién está más atento para facilitarle la labor al compañero.
Esta generosidad contagiosa transforma por completo el ambiente, convirtiendo las horas de preparativos en un espacio de risas compartidas, de anécdotas y de un compañerismo auténtico que da sentido a la palabra hermano.
Ella es la inspiración constante que guía cada uno de estos esfuerzos desinteresados. Cuando limpiamos la plata del Simpecado, cuando colocamos las flores con mimo o cuando nos aseguramos de que el último varal quede perfectamente derecho, lo hacemos con la mirada puesta en su altar.
La Virgen del Rocío no busca el frío resultado de una decoración perfecta hecha por obligación; Ella se recrea en el cariño, en la armonía y en la buena sintonía con la que sus hijos preparan su casa. Cada hora de trabajo en equipo, cada gesto de ayuda al compañero y cada muestra de buen humor en mitad del ajetreo es la ofrenda más sincera que podemos presentarle, demostrando que somos una gran familia unida por la misma devoción y el mismo deseo de honrarla.
Sintamos siempre el orgullo y la alegría de formar parte de este engranaje de amor y entrega mutua. Que nuestras dependencias sigan siendo ese lugar de encuentro donde el trabajo se viva como un auténtico privilegio y donde la felicidad de servir sea el motor de cada día.
Mantengamos siempre las manos dispuestas, el ánimo arriba y el corazón abierto para apoyar al hermano que camina a nuestro lado. Porque cuando somos capaces de unir nuestras fuerzas con alegría para engalanar su templo, estamos sembrando la semilla de una Hermandad fuerte, generosa y bendecida que camina unida bajo el amparo de la Reina de las Marismas.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







