DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Dar las gracias es, sin lugar a dudas, la oración más bella y perfecta que podemos elevar al cielo. Muchas veces acudimos a la iglesia cargados de peticiones, buscando auxilio para nuestras necesidades o consuelo para nuestras preocupaciones diarias. Es algo natural y humano. Sin embargo, cuando somos capaces de ponernos ante el altar, desprovistos de exigencias, con el único propósito de decir «gracias», nuestra fe alcanza una madurez maravillosa.
La gratitud limpia el alma, ensancha el corazón y nos permite descubrir la cantidad de bendiciones que inundan nuestra vida diaria, transformando nuestra mirada en una fuente inagotable de paz y de alegría desbordante.
Agradecer no es solo un acto de cortesía, sino una manera luminosa de vivir y de relacionarnos con los demás. Cuando una persona camina por la vida con un corazón agradecido, todo a su alrededor se vuelve más cálido y humano.
Se agradece el esfuerzo del hermano que saca tiempo para arrimar el hombro, la sonrisa del conocido, el compañero o del amigo que nos alegra la mañana y el regalo diario de la salud y de la familia.
Esta actitud nos ayuda a valorar lo que tenemos en lugar de lamentarnos por lo que nos falta, convirtiendo cada día en una celebración de la vida. La gratitud nos vuelve más generosos, más humildes y más propensos a repartir esa misma felicidad que nosotros hemos recibido primero.
Ella, la Virgen del Rocío, es nuestra gran maestra en este camino del agradecimiento. En su cántico del Magníficat, su alma se deshizo en alabanzas para dar gracias por las maravillas que el Poderoso había obrado en Ella. Su vida entera fue un canto de gratitud constante.
Al mirar su rostro sereno, comprendemos que no hay mejor homenaje para nuestra Madre que presentarnos ante Ella con las manos abiertas, listos para valorar el milagro de estar vivos y unidos en Hermandad. Cuando le damos las gracias, estamos reconociendo su protección constante y su amor infinito, demostrándole que somos hijos conscientes de la inmensa suerte que tenemos de estar bajo su manto.
Hagamos de la gratitud nuestra rutina más sagrada y el motor de nuestra convivencia. Aprendamos a mirar el mundo con los ojos del agradecimiento, descubriendo los pequeños milagros cotidianos que a veces nos pasan desapercibidos por culpa de las prisas. Que cada vez que visitemos el templo, nuestra primera palabra sea de sincero agradecimiento por la oportunidad de caminar de la mano. Vivamos con la alegría de los que se saben profundamente bendecidos, manteniendo siempre una sonrisa en los labios y el corazón dispuesto a dar las gracias.
Porque un alma agradecida es el reflejo más fiel del amor de Dios y la mejor ofrenda que podemos depositar a los pies de nuestra bendita Madre del cielo.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







