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La luz que no hace ruido

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Vivimos rodeados de héroes anónimos que jamás saldrán en las portadas de los periódicos ni buscarán el aplauso de los palcos principales. Me refiero a esa gente maravillosa que sostiene la vida de nuestras hermandades con la fuerza de una sonrisa incombustible.

Son personas con una capacidad de trabajo que asombra, hombres y mujeres que llegan los primeros para barrer el suelo, que se quedan los últimos para apagar las luces y que, sin importar el cansancio que arrastren de sus propias jornadas, siempre tienen una palabra de aliento y una alegría desbordante dispuesta para el que se cruza en su camino.

Es una delicia verlos actuar detrás del escenario, donde nadie los fotografía. Su entrega no nace de la obligación ni de la búsqueda de un cargo, sino de un amor desinteresado y puro que se desborda por los poros. Mientras otros se enredan en debates inútiles, ellos se arremangan las mangas con una energía contagiosa, llevando felicidad a todo el que está cerca.

Son el motor real de nuestra comunidad, el testimonio vivo de que el ser humano es capaz de una generosidad infinita cuando actúa desde el corazón. Su fe no es de golpes en el pecho; se traduce en horas de esfuerzo, en manos dispuestas a cargar peso y en una risa que alivia cualquier ambiente tenso.

Ella, la mirada que nos contempla desde el altar, se recrea de manera especial en estos hijos suyos. Su corazón de Madre se llena de un orgullo inmenso al ver reflejada su propia entrega en la actitud de estos trabajadores incansables de la alegría.

La Virgen no necesita servidores perfectos llenos de seriedad; prefiere mil veces la frescura de quien sirve con gozo, de quien regala su tiempo con los ojos brillantes y de quien entiende que la mejor manera de honrarla es sembrando felicidad a su alrededor. En cada sonrisa que ellos regalan en mitad del trabajo más duro, se dibuja un pedacito de ese cielo que Ella nos promete.

Ojalá aprendamos a mirar más a estos espejos de generosidad que tenemos la suerte de tener al lado. Dejemos de fijarnos en lo negativo y empecemos a contagiar la vitalidad y la luz que esta gente maravillosa nos regala cada día.

Y así, cuando miremos al altar agradecidos, entenderemos que el mejor homenaje que podemos rendirle a nuestra Madre del cielo es imitar a estos hermanos nuestros, manteniendo las manos siempre ocupadas en el trabajo, el alma dispuesta para el prójimo y una sonrisa eterna en el rostro.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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